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sábado, 25 de febrero de 2012

ARTICULISTAS - La balada del hijo pródigo (II) - Francisco Pérez Fernández


FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ
Escritor y profesor universitario

La balada del hijo pródigo
(II)

"No, vamos a ver -le digo- cuéntamelo otra vez porque no salgo de mi asombro".

        Las que haga falta: me extrajeron ADN de treinta cabellos de diferentes partes del cuerpo, de la saliva e incluso de la sangre. Tardaron tres semanas en cotejarlo y el resultado fue negativo. Las pruebas de balística no eran concluyentes y las huellas dactilares no coincidían”.
 “¿Y aún así te condenaron a muerte con una grabación medio amañada que encima no se entiende?”. Asiente.
        “O sea, que lo del cacareado CSI es una gaita”. Vuelve a asentir.
        Es ahora cuando el difunto padre de José Joaquín, un valenciano terco y batallador con un par de narices, entra en escena. Una larga batalla legal, carísima, va a comenzar para prolongarse durante nada menos que otros cuatro largos años. Y él, en el corredor, comienza a vivenciar el verdadero significado de esa pesadilla jurídica que es la pena de muerte.
        “Allí, en Starke, prueban la silla eléctrica todos los miércoles para comprobar que funciona adecuadamente -me explica muy didáctico. Esto empezó a hacerse porque cuando yo ingresé me enteré de que al último ejecutado, por un fallo del aparato, lo habían carbonizado literalmente, y el accidente había despertado en Florida un debate legal acerca de la humanidad de este método de ejecución. Durante las pruebas es como te lo imaginas: las bombillas parpadean y todo eso. El caso es que la comisión designada por el Estado de Florida decidió que la silla eléctrica funcionaba bien y se reanudaron las ejecuciones programadas. Sorprendente porque, fíjate, en la siguiente ejecución volvió a fallar”. Y luego somos los españoles los que tenemos fama de chapuceros.
        Será entonces que José Joaquín comprende que la pena de muerte es una aberración y que toda su vida ha estado trágicamente confundido. Porque no hay nada de novelesco, o de cinematográfico, o de simplemente justo allí. Se funciona a toque de reloj. Los condenados pasan miles de horas en una celda de tres por tres metros y sólo salen al patio, para caminar y respirar aire fresco, durante una hora a la semana si hay suerte y no llueve. Como consecuencia, las secuelas físicas y psíquicas no tardan en hacerse notar. Con tanto tiempo encerrados en un espacio reducido, deprivados de estímulos y pensando sin cesar, es habitual que muchos acaben perdiendo la cabeza y tengan que ser trasladados a un módulo psiquiátrico. “Yo tuve suerte -razona- porque mi familia había armado mucho revuelo y recibía constantemente correo, visitas, daba entrevistas… En fin, todo aquel trajín me ayudó a no perder el juicio allá dentro como les ocurrió a otros compañeros. Piensa que la mayor parte de ellos son negros o hispanos, no tienen dinero y no pueden permitirse una defensa digna. Tampoco le importan a nadie. Incluso sus familias les repudian y acaban por no ocuparse de ellos durante meses e incluso años. Es un horror inhumano. Acaban volviéndose tan locos que en algún caso se pasan el día sedados y, cuando los ejecutan, prácticamente no comprenden ya nada qué lo que les está pasando”.
        José Joaquín quedó muy impresionado con uno de aquellos condenados, Frank Lee Smith. Un negro que se despertaba todas las noches proclamando su inocencia a voz en cuello. No dejaban de sedarle a causa de ello porque los carceleros allá no se andan con bromas. Le habían condenado a muerte por violar a una niña blanca y él, sin cesar, cuando los sedantes dejaban de hacerle efecto, exigía que se le hiciera aquella prueba de ADN que nunca logró que le hicieran durante el juicio. Frank terminó apartado, encerrado en el módulo hospitalario a causa de un cáncer de páncreas que dio fin a sus días. Los médicos que le hicieron la autopsia cumplieron finalmente con el deseo del reo: “Y mira tú por dónde, era inocente. El resultado de la prueba de ADN no coincidía con la que se practicó al semen encontrado en el cadáver de la niña. Frank pasó diez años en el corredor de la muerte sin motivo alguno. A veces me pregunto cuántos más habría así, como él o como yo mismo”.
 Una decidida ola de apoyo popular e institucional -y nada menos que un millón de dólares reunidos centavo por centavo por su familia, ojo- hicieron falta para que el caso de José Joaquín fuera revisado en un segundo juicio. Y tuvo suerte: lo habitual es que un recurso tarde en torno a tres años en prosperar y el suyo, gracias a la presión popular, llegó arriba en solo seis meses. Y ahora las cosas han cambiado de manera radical.
        El nuevo tribunal es consciente de que se han cometido muchas irregularidades y de que habrá que dar marcha atrás por lo que, tratando de salvar la cara a la justicia del Estado de Florida -recordemos que allá los jueces son cargos electos y deben dar explicaciones de sus errores al contribuyente-, le proponen que se autoinculpe para así poder liberarlo por la vía del indulto. José Joaquín, su padre y sus abogados se niegan. Sólo cinco días después de rechazar la propuesta de la fiscalía -6 de julio de 2001- se le declara no culpable y la pesadilla concluye. Tras esta experiencia tremenda solo ha aprendido una cosa: que la pena de muerte en los Estados Unidos no es más que otro negocio, caro, alimentado con millones de dólares que cambian de manos sin cesar y en el que, precisamente, lo menos importante es la justicia, la verdad o la más simple humanidad.
        La historia no tiene un final feliz. A poco de regresar a España, en Valencia, el padre de José Joaquín, ese luchador al que le debe la vida dos veces, fallece al ser atropellado por un motociclista en un paso de peatones. “Yo odié a ese motociclista -dice con los ojos llenos de lágrimas-, le odié de veras, con un rencor espantoso porque es humano sentirse así y hay que comprenderlo. Pero luego me acordé de mí. Me acordé de Frank y de otros. Y sobre todo comprendí que matar a la persona que había atropellado a mi padre no aplacaría ese odio o esa angustia. Porque ejecutar al otro no iba a devolverle la vida al mío. Qué duro si lo piensas, ¿no?: Tuve que pasar por el corredor de la muerte para comprender algo tan sencillo”.

        Es la letra final de la balada del hijo pródigo. De la historia del muerto que un día resucitó.


martes, 27 de diciembre de 2011

Articulistas - La balada del hijo pródigo (I) - Francisco Pérez Fernández

FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ
Escritor y profesor universitario

La balada del hijo pródigo
(I)

        Su aspecto es sumariamente normal. Uno de tantos. Se trata de un hombre tirando a pequeño, robusto, que ha pasado la cuarentena. Su padre era español, de Valencia, y su madre ecuatoriana (lo cual explica en gran parte su aspecto físico, de marcados rasgos hispanos). José Joaquín tiene la doble nacionalidad hispano-estadounidense, vive a caballo entre su querida Valencia y su no menos querido Miami. Sería otro de los muchos que pasan la vida en el aire, brincando de un lado al otro del charco, de no ser por un sutil detalle que le hizo en su día mundialmente famoso: pasó tres años en el corredor de la muerte del penal de Starke, en Florida, por un delito que nunca cometió. Y es de los pocos que puede contarlo. Por eso, cuando habla, es de los pocos tipos que conozco que tiene algo que decir y a los que merece la pena escuchar.
       “Tienes que entenderlo -razona-, allá en Estados Unidos te educan desde que eres niño para creer en ello. No lo discutes, sino que simplemente lo asumes”.
        Yo, con los ojos muy abiertos sigo sin poder creérmelo, e insisto: “¿Pero de verdad tu, antes de aquello, eras partidario de la pena de muerte?”. Me contesta muy serio: “Sí. Ahora no estoy orgulloso de eso, es verdad, pero cuando te lo cuente todo entenderás lo que era, y lo que soy…” Así que me dispongo a escuchar a José Joaquín Martínez. Asumo que se tiene que explicar -y muy bien- porque aún no logro liberarme de la perplejidad.
        La historia, según me anticipa, no difiere mucho de lo que es normal en los Estados Unidos. A los 19 es un tipo seguro de sí, ya casado, que va camino del éxito. “Yo era un tío orgulloso, arrogante y pagado de mí mismo -dice. Es normal. Tienes que pensar que a los 24 ya había cumplido el sueño americano y tenía pasta, un buen coche, buena casa, un trabajo decente y la vida resuelta como quien dice... Y estaba seguro de que los tíos que había en el corredor de la muerte eran muy malos y se merecían aquello porque a mí en la vida se me ocurrió que podría terminar allí”. En efecto. José Joaquín es el producto estándar de su mundo. El resultado de una educación perversa que enseña a los niños desde bien pequeños que artilugios como la silla eléctrica, la cámara de gas o la inyección letal son herramientas de justicia y que, dependiendo de para qué, ir armado es necesario e incluso útil.
        Pero vendrá el divorcio y la tormenta en el paraíso. La relación de José Joaquín con su esposa no es buena, se rompe, y hay problemas con la custodia de la niña que tienen en común. “Ya te digo que yo estaba muy crecido por lo que el sueño americano se me quedaba pequeño y, la verdad, no veía mis límites”. Por eso apretó las tuercas a su ex mujer en el tema de la chiquilla, y por eso ella hizo lo que hizo: “no creas que le guardo rencor, ¿eh? Para nada. Ella pensó que iba a perder a la niña y realizó un movimiento desesperado… Vale, se confundió y pasó de vueltas, pero estoy seguro de que no la guió la mala fe sino la angustia”. Así lo cuenta y yo le creo.
        El hecho es que la ciudad de Tampa andaba muy revuelta a finales de 1995 a causa del doble asesinato. Un hombre y una mujer (de 27 y 28 años respectivamente) habían sido tiroteados en su casa. Él era hijo de un jefe de policía y, por lo que parece, andaba metido en líos de drogas bastante gordos. Ella, su pareja, era bailarina en una discoteca. Así era el asunto; en plan teleserie barata. Una cosa muy sórdida. Pero el hecho es que la relativa importancia del varón asesinado hizo que el caso ocupara muchas horas de televisión y radio. Cientos de páginas en la prensa. No en vano los periodistas habían olido una buena historia de corrupción policial y querían tirar de la manta a cualquier precio. Y la policía, por su parte, se volcó con el asunto porque les hacía falta un culpable de inmediato, alguien con el que tapar toda la porquería que desbordaba el retrete. De este modo, fue la ex mujer de José Joaquín quien en un momento de obcecación mental optó por acusarle del doble crimen.
        Él no tenía nada que ver, claro. La única relación que le unía a aquel hombre era que en cierta ocasión habían trabajado para la misma empresa, si bien en turnos diferentes. Sin embargo, de acuerdo con su ex mujer, la policía le tendió una trampa: el 28 de enero de 1996 fue atraído a la casa de ella a fin de que tratara de extraerle una confesión que pudiera ser grabada. Discutieron de todo excepto del supuesto crimen. Todo salió muy mal, chapucero, cutre. La cinta se oía fatal -ininteligible, de hecho- y ellos ni aparecían en las imágenes. No obstante, la policía le detuvo cuando salió de la casa. Había quedado con unos amigos para ver el partido de la Super Bowl (Cowboys vs. Steelers) que nunca llegó a disfrutar. Y ahí comenzó aquel infierno surrealista.
       “Entiéndeme: durante las primeras semanas en las que me tuvieron detenido, interrogándome sin parar, tratando de estrecharme el cerco, yo no daba crédito. Pensaba que en cualquier momento todo se iba a aclarar, quedaría claro que yo no tenía nada que ver con el caso y me pondrían en la calle... Pero no fue así. Ese fue mi error porque, confiado en mi inocencia, decidí no contratar a un criminalista de calidad. Me defendió mi abogado de siempre, un hombre que no era especialista en aquello sino en causas laborales y familiares, y el sistema policial y judicial estadounidense es muy perverso: nadie discute los criterios de la policía, los fiscales sólo buscan la manera de buscarte las vueltas y todo se mueve a base de dinero, de peritos, de gente y de recursos carísimos que pagas para que te apoyen. Entonces yo tenía bastante dinero ahorrado y podría habérmelo permitido... El caso es que ninguna prueba me incriminaba, pero bastó esa grabación que amañó ilegalmente el padre de la víctima -el jefe de la policía, recordemos- para que me condenasen a muerte. Cuando quise darme cuenta estaba con el mono naranja. Angustiado y confuso. Preguntándome todavía cómo narices había llegado allí”.
       Y solo era el comienzo de la pesadilla.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Articulista - Vencer a la semántica - Francisco Pérez Fernández

FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ

ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO

Vencer a la semántica

        Ha ocurrido lo que tarde o temprano tenía que ocurrir. Lo que muchos ya veníamos barruntando en el horizonte desde hacía meses. ETA dice ahora que lo deja. No habla de “treguas” ni recurre a aquellos del “alto el fuego provisional”, sino que se expresa en términos enteramente nuevos para decirnos lo del “cese definitivo de la violencia”. Y lo dice como siempre, con la parafernalia cutre y antigua de la boina y la careta, con el rollo palabrero de toda la vida y sin reconocer que esto es no es otra cosa que una rendición a la evidencia. La crónica de una muerte anunciada e inexorable. Es un discurso de malos perdedores, pero resulta innecesario explicar que nadie pierde a gusto.
        Lo dice recurriendo a todas las trampas semánticas de costumbre. A los significados confusos. Con toda la artillería ideológica: “conflicto”, “lucha armada”, “enfrentamiento”, “cuestión política”, “solución negociada” y etcétera. Qué remedio. Sería muy complicado que cuarenta y tres años después, tras ochocientos y pico muertos a sus espaldas, centenares de presos, impuestos revolucionarios por doquier, secuestros horrendos, miles de millones de euros invertidos en lucha antiterrorista… centenares de miles de vidas destrozadas en una espiral infame de odio, extorsión y terror, vinieran a reconocer que tanto, que todo, no ha valido de nada. Para nada. Que se van sin nada porque no sacan adelante nada de lo que pretendieron. Es cierto. Cuarenta y tres años después despertamos del sueño para comprender que ETA nunca debió nacer, que incluso debió dejarlo cuando tuvo la ocasión -y ha tenido varias. Pero las cosas sólo pueden ser como son, y aquí estamos. De nada sirven las ficciones cuando se tienen delante los hechos.
        ETA no nos hace favor alguno largándose. Por supuesto que no. Esta es otra trampa semántica, otro retorcimiento de los significados, en la que no debemos caer. Simplemente se va porque no puede más, porque la hemos estrangulado, porque no hemos jugado a su juego ni hemos querido hacerlo jamás. Que se marchen diciendo lo que quieran, pataleando y chinchando, pero que se larguen. Les hemos vencido en nuestro terreno, con la razón, con la democracia, con el sentido común, con la ley. Sí. Les vencimos. Por eso mismo no debemos atraparnos a nosotros mismos en nuestra propia semántica derrotista y castrante de las “trampas”, los “rearmes” y demás estafas ideológicas. Dicen que lo dejan, pues que lo dejen. Sin más. Sin menos. No hay mal que cien años dure y punto redondo.
        No permitamos, obviamente, que se utilice a las víctimas como moneda de cambio. Los dolientes -y hay muchos y de muchas ideologías y procedencias, no lo olvidemos- no son el negocio de nadie y no deben ser empleados en retórica artera de clase alguna. Respetemos y protejamos a las víctimas del terrorismo de la mejor manera posible: sin arrogarnos el derecho -que no tenemos, que nunca tuvimos- de hablar por ellas, para ellas o en nombre de ellas. También debemos superar esta tentación semántica de confundirnos en un “nosotros” irreal, falsario y confuso.
        Está claro que a lo largo de estos cuarenta y tres años ETA ha vivido para sí misma y sin contar con nadie más, pero no son pocos los que se han aprovechado de sus actividades perversas para montarse una vida parasitaria en torno a ellas. Imagino que ahora mismo muchos malos políticos, muchos pésimos periodistas, muchos espantosos tertulianos, muchos horrorosos columnistas andan preguntándose de qué van a hablar ahora, que defenderán ahora, cómo nos liarán ahora, con qué agredirán al rival ahora. Se les está acabando el disco. Se les termina el tema de conversación recurrente y el horizonte les pinta en negro. No me extraña que les rechinen los dientes, pues se les disuelve esa semántica perversa de la que han comido toda la vida. Insisto: no hay mal que cien años dure y punto redondo.
        ETA lo deja porque pierde y nosotros hemos de sentirnos orgullosos porque ganamos y lo hacemos en buena lid, sin renunciar a nuestros principios, a los Derechos Humanos, a los valores y las libertades elementales que nos justifican e identifican. Vencemos como señores y dando una lección al mundo. No hemos necesitado -ni querido- torturar, matar o trampear las leyes para vencer. No nos hemos dejado arrastrar por los discursos extremistas ni hemos caído en la trampa de la violencia y la represión que se nos ha querido tender, a la que se nos ha intentado una y mil veces empujar. Y por eso el tiempo nos ha dado la razón. Qué contrastes tiene la vida: el mismo día que nosotros vencemos a ETA desde la democracia y la ley, los libios se liberan del terror con una ejecución sumaria. Los hay que no aprenden ni escarmientan, pues es una constante histórica que cuando los libertadores se comportan como los tiranos las cosas solo pueden ir mal.
        Ahora el reto es vencer a la semántica, liberarnos de las palabras retorcidas y de los significados falsificados, de cuarenta y tres años de discursos filosos y verborrea desgastada. El reto es tener la prudencia de saber escuchar y saber decir sin cerrar puertas ni marcar las cartas. Porque mucha será la tentación, y por parte de muchos, de tender trampas, sembrar discordias, falsear realidades y procurar la involución de un paso que debiera ser irreversible, pórtico desde el que conducirnos a otros definitivos.
        Hemos sabido vencer a la fuerza. Ahora tenemos que triunfar sobre el verbo.

lunes, 17 de octubre de 2011

Articulista - Lo insoportable, lo leve y el ser - Francisco Pérez Fernández

 FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ
ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO

Lo insoportable,
lo leve y 
el ser


        Tengo el día negro porque, pensándolo bien, me resulta insoportable. Porque son insoportables y no hay quien los aguante.
        Me refiero al intelectualillo tabernario que sienta cátedras y eleva sus ideas al rango de leyes cósmicas. Ese, medio informado, que piensa que todas sus ocurrencias son fantásticas por la simple razón de que son suyas, y que se pasa horas ensayándolas en privado para luego soltarlas en la pseudotertulia de bareto que montan él y otros cuatro como él.
        Me refiero al subvencionador oficial del reino cultural. Porque es una figura que nunca debió nacer y que, por lo general, dado que controla la alcancía, se siente en la obligación moral de establecer los adecuados parámetros de servilismo, servidumbre y clientelismo. Por supuesto, esto motiva que subvencione todo lo subvencionable -la calidad es lo de menos- con la única y exclusiva condición de que previamente se le haya hecho la pelota como es debido.
        Me refiero a los estafadores que me cobran una tasa por comprar CD’s vírgenes, ordenadores, impresoras, etcétera y que luego, en el colmo del recochineo, quieren impedirme que los utilice para copiar los discos que ellos mismos producen -a menudo subvencionados por mí mismo- a precios de lujo.
        Me refiero al editor iletrado que, más allá de la calidad literaria de aquello que publica (y que suele leerse mal y entender peor), quiere vender libros como el que vende peras. Al peso. Y que encima -pobre torpe- cree que cuando se digna a publicarte algo te está haciendo un favor cuando él no sería capaz de escribir siete páginas decentes ni en diez siglos de mecánica ensayo-error. Sí. Ese editor/a que piensa que los libros existen por la simple y peregrina razón de que él existe.
        Me refiero al inventor de modas. A ese/esa que decide -sin que nadie se lo pida- qué va a estar de moda el año próximo y qué no (igual da el ámbito de actuación), lo cual parece otorgarle el derecho -autoproclamado- de calificar de hortera a todo aquel no le siga la corriente.
        Me refiero a los programadores televisivos. Esos que deciden -por nuestro propio bien- qué es lo que sirve para alimentarnos el coco en su correspondiente franja horaria y luego eluden toda responsabilidad sobre sus errores argumentando que, al fin y al cabo, esa mierda es lo que “la gente” -esa masa sin rostro que nadie sabe quién es- demanda.
        Me refiero a los fabricantes de éxitos literarios, musicales y cinematográficos: capaces de convertir en triunfal a cualquiera (a lo que sea) que se deje con la única -y nada banal- condición de que quiera dejarse.
        Me refiero a todos esos periodistas y tertulianos manipuladores y vendidos que no reconocerían una verdad aunque les mordiera el pandero.
        Me refiero a los políticos dedicados a exprimir el odio y la visceralidad del personal para ganar un voto con la única y digna condición de que nadie les exija que solucionen ni un sólo problema, ni responsabilidades de clase alguna sobre sus actos.
        Me refiero a los que pretenden -necios- que leyendo sus libros seremos capaces de superar cualquier problema emocional o material. Y a los que se lo creen.
        Me refiero a todos esos parados, “mileuristas”, gentes con contratos basura y pensionistas que están convencidos de que gastarse millones de euros en un futbolista es una “buena inversión”. Por lo general ignoran que nadie daría -ni da- un solo céntimo por ellos.
      Me refiero a los que te dan un trabajo mal pagado, cutre, con un contrato leonino, y encima te exigen que les des las gracias. Y a los que te pegan una patada en el trasero tras diez o quince años laborando como un campeón, con una indemnización de mierda, y encima claman a voz en cuello por una reforma del mercado laboral.
       Me refiero a los gestores de la moral ajena. A los meapilas y a los doctrinarios que tratan de imponer su criterio ético a todo quisque y a cualquier trance.
Me refiero a los guarros que no recogen la mierda de su mierda de perro cuando caga en la vía pública.
       En fin... Me refiero a todos los que, en general, aceptamos vivir en esta parodia y no hacemos otra cosa que patalear y entrar al juego… ¡Qué insoportable, qué levedad, qué ser!
Sí. Me pasa siempre que pienso. Acabo teniendo el día negro.

jueves, 25 de agosto de 2011

Articulistas - Odiad, malditos - Francisco Pérez Fernández

FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ
ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO
Odiad, malditos

        Tenemos un problema terrible en Occidente y que sobresale entre muchos. Se llama odio. Es multiforme, se enmascara, se mueve, se camufla, se distorsiona y a veces incluso llega a parecer que se esfuma y desaparece. Pero es apariencia. El odio crece, se transforma, medra, se alimenta de lo peor de nosotros, nos confunde y se esconde a la vista. Es tan retorcido y pernicioso que se hace llamar con otros nombres y se mimetiza bajo grandes palabras. Pero no os confundáis: Es odio y solo odio.
        Quienes lo cultivan, quienes empujan a otros al odio, se cuidan mucho de mostrarlo tal cual es. Lo venden como ideología, como un valor que se ha de preservar, como un estilo de vida en peligro, como una bandera, como una fe o como una cosmovisión saludable. Por eso, porque se viste de dignidad, el defensor y vocero del odio se cree digno, valioso y legitimado. Pero solo es un fanático patético que odia y, al odiar, difunde una plaga contagiosa. Es fácil verlo si te fijas bien. El odio siempre quiere mostrarse como valor, fuerza y justicia, pero no es más que debilidad, miedo e ignorancia. Pavor a lo que se desconoce. Invalidez mental. El odio es fundamentalista e inmovilista. Detesta el cambio y adora la permanencia porque vive en la falsa seguridad de lo que cree que ya conoce, de lo que cree que ya comprende. El odio es ese perro viejo que nunca aprende trucos nuevos. Que no quiere aprenderlos y que mordería de buen grado a quienes los enseñan. El odio ladra, aúlla, y, a veces, incluso muerde.
       El odio es esa atalaya de ideas extravagantes en las que uno se sube para agredir al vecino. El odio te hace pensar que eres buena gente a pesar de que te pasas la vida odiando y que, en el fondo, lo único que haces es defenderte de supuestas agresiones que solo están en tu mente perversa de odiador. El odio te dice que en realidad son ellos los que te odian a ti y que, por tanto, debes enorgullecerte de odiarlos.
        El odio es esa vocecilla que te ordena detestar a los negros porque tu eres blanco o a los taoístas porque eres budista; te incita a insultar a los del partido de enfrente porque no son del tuyo; te invita a perdonar el delito de los de tu bando y a sentir repugnancia por el de los otros; te hace defender la libertad desde la intolerancia; quiere que mates para preservar la vida; te hace imaginar que él y solo él es la verdadera justicia, la única fe, el único camino. El odio es jactancioso y te hace sentirte importante mientras odias. Gritar que odias. Fardar de que odias. El odio es el que te hace ver la paja en el ojo ajeno entretanto ignoras la viga en el propio. El odio -piénsalo- es el que induce a despotricar, a ofender, a gritar, a insultar, a querer el mal de gente a la que ni conoces. El odio es ese sentimiento que a veces te inunda la boca del estómago y que sólo se calma vociferando y agrediendo. Lo has sentido. Lo sabes bien.
        Sí. Tenemos un problema espantoso en Occidente y es el de los que odian sin control. Es una vieja cuestión que nos ha sembrado el continente de cadáveres. Porque el odio es una verdadera pandemia… Una semilla que cuatro iluminados plantan, que germina, que al principio sólo es un arbusto pero que bien introducida en un ecosistema se convierte en todo un bosque. Es una planta que se alimenta en las filas del descontento y se riega con el sudor de los menos favorecidos. Los agricultores del odio te dicen que debes maldecir a quienes no son de determinado modo porque es la única forma en la que te harás valer y en la que saldrás victorioso. Los jardineros del odio te mentirán sin empacho alguno. Te harán creer miles de inexactitudes, manipularán la realidad, la retorcerán a su antojo e incluso te harán dudar del testimonio de tus propios sentidos. Te dirán: “tienes que odiarlos y sentirte orgulloso de ello”.
El difusor del odio, ante todo, teme a un espíritu crítico, a una voz discordante, a una pregunta que no puede responder, a una idea diferente, a un testimonio independiente. Eso, justamente, es lo primero que intentará destruir. Lo peor para el discurso del odio es un librepensador porque es precisamente lo único que no puede combatir. En efecto. Cualquier tipo de odio está perfectamente pertrechado para defenderse de otro tipo de odio porque combate el fuego con fuego y, obviamente, reemplaza las mentiras ajenas con las propias. Sin embargo, el odio no puede nada contra la razón, contra el pensamiento inquisitivo, frente a quien busca en el trasfondo de las cosas, tras los bastidores que sujetan la realidad. El odio solo vale para odiar. No explica nada. No sabe nada. No entiende nada. No busca otra cosa que imponerse y perpetuarse. El odio quiere ser verdad, pero sólo alcanza a ser insensatez bien construida. El odio es un escenario teatral que quiere hacerse pasar por auténtico mundo y que, en ese proceso, confunde a quienes desean odiar. Porque el odio, no lo olvidéis nunca, solo hace presa en quien le escucha y está bien dispuesto.
        Creíamos en Occidente que esto ya no era asunto no era nuestro. Creíamos que nuestros peores problemas eran los inmigrantes, las crisis cíclicas, el calentamiento global, el paro, los sistemas educativos o el fracaso del sistema financiero. Y como lo hemos creído -nos lo han hecho creer- nos hemos ido echando en manos de toda suerte de extremistas, de los borriquitos, de los brutos, de los inmorales, de cualquier anormal que haya sabido disfrazar su odio perpetuo con piel de cordero. Pero los muertos de Oklahoma City, de Tucson, de Chechenia, de los Balcanes, del terrorismo, de los genocidios, del Ku Klux Klan, de la Guerra Civil, de dos guerras mundiales, de Oslo, claman desde sus tumbas: Nuestro peor problema, aprendedlo de una vez, es el odio. Siempre lo ha sido.
        No os lo creáis. No puede estar loco quien planea durante meses enteros, detalle por detalle, segundo por segundo, el modo en que va a asesinar a un centenar de personas. Hay que ser muy estúpido para creerse esa tontería. Simplemente ocurre que odia. Lo hace porque otros, esos que luego se esconden asustados de las consecuencias de su discurso maldito, se lo han estado exigiendo: “Odia, maldito”. “Ódialos a todos”.

lunes, 18 de julio de 2011

El Delirio - Electoral - Francisco Pérez Fernández

Articulista - ¿Osama u Obama? - Francisco Pérez Fernández

FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ

¿Osama u Obama?

        Ellos dicen que le han matado. Y es lo único que tiene sentido de todo el embrollo peliculero. Afirman también que es el episodio final de una “guerra contra el terrorismo”, y ya nos adentramos en el disparate. El Derecho Internacional es explícito y concreto en estos asuntos y deja bien claro que un Estado sólo puede declarar la guerra a otro Estado… Ni a una persona, ni a una idea, ni a un grupo de particulares... De manera que declarar la guerra al terrorismo -que no es un Estado sino una actividad criminal- es, en sí mismo, una de esas tonterías grandilocuentes que decimos, arrebolados y enardecidos por las muchedumbres, en esos discursos henchidos de enormes bobadas.
        Y encima sin foto. Resulta que vivimos en el mundo de los recursos multimedia, de la imagen valiendo más que millones de palabras, y la nación que posee la primera industria cinematográfica mundial, no es capaz ni de mostrarnos un montaje cutre con el que documentar la gesta… Las tonterías encadenadas siguen: Sostienen que han tirado el cuerpo de Osama al mar “según el rito islámico”. Sorprendente. Ya es raro que la CIA no disponga de un puñado de dólares, no ya para contratar a un buen profesor de antropología, sino para comprar un ejemplar del Corán en la librería de la esquina.
        De las memeces y los disparates se pasa pronto al horror. Descubrimos que los Estados Unidos -estandarte de las libertades y baluarte de la democracia-, “tierra de libertad y hogar de valientes” (como proclaman al final del himno), han obtenido los supuestos informes que les han llevado a localizar a Osama mediante tortura; han violado el territorio de un país soberano; sigue el allanamiento de morada y el tiroteo de las personas que había en el interior de esa vivienda y, al fin, el reconocimiento de haber ejecutado al tal Osama admitiendo que estaba desarmado. Ni ley, ni justicia, ni derechos, ni juicio justo. En resumen, que los Estados Unidos han cometido exactamente lo mismo que cualquier militante de Al Qaeda: Un acto terrorista. Y cuando esos actos terroristas los ejecuta una nación por mediación de sus gobernantes y empleando las herramientas que la soberanía popular pone en sus manos -recuerden la cosa nuestra del GAL porque nos estuvimos subiendo por las paredes a costa del asunto-, se llama crimen de Estado.
        No podía esperarse otra cosa de un país que invade a otros como quien se va de parranda, u organiza una red de secuestros para llevar a ciudadanos libres, a los que no acusa de nada formalmente, y violando la confianza de terceros a los que llama eufemísticamente “aliados” (más bien siervos), a un campo de concentración y tortura (Guantánamo) para que permanezcan en un limbo legal, sin derecho a juicio ni defensa por los siglos de los siglos. No. No podíamos esperar otra cosa ya mandara el cenutrio de Bush Jr. o el tal Obama, pues al final resulta que este negrito bueno del África tropical no es otra cosa -ya lo advertimos muchos y nos hacían callar los simpáticos defensores de la corrección política- que el Tío Tom de la célebre cabaña.
        Del horror al terror: Europa ya no es lo que era. La ilustración y la modernidad que nos concedían esa jaleada superioridad ético-moral tan nuestra, se nos ha deslizado por la taza del váter y ya le andamos tironeando a la cadena. Nos parece bien el crimen de Obama. Nadie rechista, ni protesta ante la ONU, ni lo critica en la prensa, ni lo pone de vuelta y media en un mitin, ni hay un triste medio de comunicación en todo el continente que hable claro. No. Osama no tenía derecho a un juicio justo. Nos fuimos de Irak porque al bobalicón de ZP le parecía una guerra injusta, pero este despropósito ya no le parece nada, ni bien, ni mal (corre la comidilla de que es un pésimo profesor de la cosa jurídica lo cual, obviamente, debe ser cierto)… Nada que decir, por otra parte, de Rajoy y sus ‘compis’ de recreo: ver el uso demagógico que hacen del problema del terrorismo y sus variantes ya resulta esclarecedor (y estremecedor).
        Ni siquiera tenía derecho el tal Osama a que se guardaran por lo menos las apariencias más elementales. Y las preguntas son lógicas, molestas y convenientes. Tan repletas de aristas que preferiríamos -preferimos- no hacerlas: si nos parece bien que se cometan crímenes de Estado con luz y taquígrafos, que los gobiernos pisoteen los derechos más elementales y los principios básicos de la más ramplona de las justicias, ¿quién está entonces a salvo? ¿Qué podemos esperar de naciones que jalean el terrorismo para perseguir a los terroristas? ¿Derechos? ¿Libertades? ¿Equidad?... Hay que entenderse; Osama Ben Laden era un criminal sin tacha ni enmienda, pero a muchos nos habría gustado verle sentado ante un tribunal como es debido y con todas las garantías porque justamente eso, fíjense qué tontería, es lo que nos diferencia de él. Lo que nos coloca en el lado de “los buenos”.
        Sí, ya: “El mundo es más seguro sin Osama”. La consigna es divertidísima (tronchante). La repiten en todas las cancillerías del mundo como un mantra con el que alejar a los malos espíritus de la vergüenza. Ayer el mundo era más seguro sin Hitler, sin Somoza, sin Ceaucescu, sin Pinochet, sin Milosevic o sin Saddam-Hussein… y hoy sin Osama, y luego sin Gadafi, y pasado mañana sin Perico el de los Palotes. El mundo siempre será más seguro sin alguien coyuntural a quien convenga quitarse de en medio. Pero, la verdad, no parece que un mundo en el que un comando puede tirar abajo la puerta de tu casa en medio de la noche y pegarte un tiro en la boca sin dar explicaciones, sin que nadie las pida en tu nombre, sea un lugar seguro. Ni un mundo en el que el personal pueda ser torturado, pisoteado, vapuleado y roturado. ¿Y saben por qué?: Pues precisamente porque esa es la clase de mundo que querían -y quieren- los tipos como Osama (¿o era Obama?). Un mundo en el que todo da lo mismo y en el que cualquier medio se justifica por su fin.
        ¿Te ríes? Cuidado: tal vez mañana algún funcionario decida que el mundo podría ser más seguro sin ti. Y ya verás qué risa. Ya ha pasado antes. Pasa ahora. No deja de pasar porque nos hace gracia. Porque siempre les pasa a otros. Y lo llamáis justicia. Ahora entiendo por qué no os importa que os humillen antes de subir a un avión.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El Delirio - Del Magreb - Francisco Pérez Fernández



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ARTICULISTAS - Dicen que pasa - Francisco Pérez Fernández

FRANCISCO PÉREZ FERNÁNDEZ
(ESCRITOR Y PROFESOR UNIVERSITARIO)

Dicen que pasa
        Dicen que pasa esto, o aquello. Dicen, esos que siempre nos dicen cosas porque no paran de contar, que saben lo que pasa, que nos cuentan lo que pasa y que si algo no lo cuentan es porque no pasa. O no ha pasado. O no va a pasar. Lo llaman “informar” en el colmo del optimismo. A ver si me explico: dicen que ocurre algo que a ellos les interesa que se sepa tal y como les conviene. Y dicen que eso es la “libertad de prensa” cuando en realidad, bien mirado, no parece otra cosa que libertad para contar trolas, para vender la burra y para arrimar el ascua a su sardina.
        Pero no es sólo que manipulen los hechos para contarlos como les parece -bastan diez minutos de cualquiera de esas tertulias inaguantables, o de esa indignidad a la que llaman “noticiarios”, para reventarse de la risa-, sino que pasan también cosas que ellos no dicen. Millones de ellas. Cosas que nadie relata que pasan pero que, curiosamente, a muchos nos importan, nos interesan y nos llaman la atención.
        El otro sábado, sin ir más lejos, hubo un partido de rugby en la cancha central de la Ciudad Universitaria de Madrid -la que cuando juega la Selección Española llaman Estadio Nacional. Nos enfrentábamos a Portugal, un equipo superior al nuestro, y resulta que el “XV del León” -nosotros- ganamos el partido por 25 a 10. Una victoria histórica por lo que supone de punto de inflexión deportivo para nuestro rugby. Y habrá quien diga que ese deporte no vale nada, y yo le digo que en mi modesta opinión no tiene ni idea de lo que dice, pero no voy a esos debates marginales ahora, que para los gustos están los colores. Voy a lo otro. A lo del silencio. Digo que España jugó un partidazo, que se ganó, que estábamos en la grada unas 9.000 personas para disfrutar del espectáculo… Y que no se enteró nadie porque ningún medio de comunicación perdió ni quince segundos en contarlo. De hecho, estoy seguro de que tú, lector, acabas de enterarte porque yo te lo cuento. A decir verdad, ni siquiera tienes demasiada idea de que eso llamado “rugby” exista. Es más, si lo sabes estoy convencido de que no sabes cómo se juega y crees -craso error- que no consiste en otra cosa que un montón de tíos fuertotes pegándose empellones y mamporros.
         Insisto, me da igual que no te guste el rugby o que no te interese. No te desvíes de lo relevante. Digo que voy a lo otro, a lo del silencio, a la ocultación de la realidad, a la desgracia terrible que supone vivir en un mundo en el que nos creemos informados de las cosas por la simple -y estúpida- razón de que unos tipos nos dicen que nos informan. Lo dice la tele, lo dice la radio, lo dice la prensa, lo dice internet. Los límites de la realidad han quedado clausurados en el trajín de lo que se transmite por un medio de comunicación… Hay quien dice que se nos manipula, pero eso no es más que una tontería. No hay nada que manipular, pues ya basta y es más barato con contarlo mal o, simplemente, con no contarlo. No llaméis manipulación a lo que no es más que simple desinformación.
        Yo estoy seguro de que cuando un periodista dice en la televisión tonterías como la de que nuestro Código Penal presente es más blando a la hora de repartir y aliviar penas que el franquista -cuando es objetivamente mentira y remito a cualquier curioso a la lectura-, no lo hace a mal hacer. De hecho, y esto es lo trágico, estoy plenamente convencido de que no lo dice bien porque ignora la verdad al estar él mismo revuelto en la misma red de medias verdades y ocultaciones que el resto de los mortales. Y con él, de rebote, la ignoran todos los que le prestan atención, con lo cual el mal se multiplica y retroalimenta. Y lo mismo me sirve para las chorradas que se dicen sobre el Estado de las Autonomías, o sobre la Ley del Menor, o sobre la crisis, o sobre la risible conspiración que se inventaron cuatro cachondos para convertir los atentados del 11-M en una extraña e indemostrable confabulación. Porque se informa mal en la misma medida que se convierten meras impresiones, simples opiniones, convicciones o pálpitos, en noticias. En lo que pasa. Peor: si a los medios y sus dirigentes no les interesan las cosas que pasan en un momento dado -como mi partido de rugby- sucede que simplemente no pasan porque no las cuentan y entonces tampoco opinan, ni dicen. No ocurren.
        Así es como nos transforman la realidad de todos los días en esas chácharas políticas tan inaguantables como poco sustanciales, insoportables rollazos meteorológicos, toneladas de horas de fútbol, quintales de prensa rosa y diez minutos de análisis sobre la tragedia de turno, la guerra de rigor y el suceso ominoso de moda. Por detrás de todo eso, por supuesto, hay un mundo infinito sucediendo, latiendo, pasando, palpitando. Un mundo que se mueve sin que nadie hable de él o lo analice con un mínimo de rigor. Un mundo que nunca ha pasado, ni pasa, ni pasará, porque nadie nos “dice que pasa”. Escucho a diario -sí, qué cruz- diatribas terribles de los adultos responsables acerca de lo malo que es el sistema educativo actual y de los destrozos que produce en las pobres mentes infantiles. Pobrecillos. No se dan cuenta de que las indigestiones de televisión, de radio, de periódicos, de blogs manipulados que consumen a diario les hace exactamente lo mismo a ellos.
        Asumidlo para cambiar: no sabéis lo que pasa.
        Ni os dejan, ni importa.