Mostrando entradas con la etiqueta angel olmedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta angel olmedo. Mostrar todas las entradas

sábado, 25 de febrero de 2012

CULTURA - Buenas críticas para 'El Refugio del Horror'

Buenas críticas para
‘El Refugio del Horror’


        Ángel Olmedo  presenta con gran expectación su segundo libro en Tomelloso

         El sub director de Pasos, Ángel Olmedo, sigue su trayectoria literaria mediante la publicación del libro ‘El Refugio del Horror’, una extensa recopilación de relatos en el que la incertidumbre y la sensibilidad son los motores principales.
         La obra ha sido presentada con éxito en la Casa de Cultura de Tomelloso, actuando, como padrino, el escritor y filósofo, Francisco Pérez, quien manifestó que se trata de un trabajo con mucho existencialismo y aforismos, basado en una literatura negra que te lleva por diferentes paisajes y territorios.
         Después, el autor daba lectura a varios relatos de ‘El Refugio del Horror’, siendo acompañado por los músicos Manuel y Sara García de la Reina (componentes de la banda Unión Musical ‘Ciudad de Tomelloso’) que deleitaron con el saxofón y clarinete.
         Mientras, la directora de la Biblioteca Municipal, Rocío Torres, dijo que la obra le ha causado una sensación de asombro y admiración por los microrelatos y argumentos que describe.
         Entre otros elogios, calificó a Ángel como una persona inquietante y de gran altura, animándole a que siga recreándose en el valor de ser él mismo.
         Según el periodista y presentador del acto, Antonio Gómez, el protagonista lleva una carrera ejemplar como letrado laboralista del despacho Garrigues e indicó que fue autor del libro sobre fútbol ‘Breve historia de un sentimiento: Tomelloso C.F.’ y fue galardonado con el premio Ángel López Martínez de la LI ‘Fiesta de las Letras’.
         Resaltar que al acto asistieron numerosas personas, destacando el alcalde, Carlos Cotillas, y la concejal de Cultura, María Teresa Novillo, teniendo en cuenta que el trabajo ha sido publicado por la editorial andaluza ‘Círculo Rojo’ y es el trasunto de las publicaciones que, durante cerca de tres años, ha venido realizando Olmedo en la bitácora que comparte nombre con el título.

ARTICULISTAS - Voces - Ángel Olmedo Jiménez


ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ
Sub director de PASOS, escritor y letrado

Vergüenza torera
(o responsabilidades y altura de miras respecto de un Hospital)

        Supongo que es debido al inevitable arreciar de palabras tales como “prima de riesgo”, “modelo de eficiencia”, “sostenibilidad”, “agencias de calificación” et altri, unido a la especie de responsabilidad que uno sienta al hallarse empadronado en Tomelloso y contar con el, indudable, privilegio de una columna mensual desde la que mostrar sus opiniones.
        Reitero, estimo que tiene que ser ese cúmulo de circunstancias el que llaman (obligan) al apartamiento de la vena más literaria para permitir que las palabras sirvan como análisis de los comportamientos derivados del anuncio, el pasado 2 de diciembre de 2011, de la señora Cospedal, presidenta de la Junta, de que diversos hospitales, entre los que se encuentra Tomelloso, pasen a funcionar mediante una gestión “público/privada”, entre otras medidas que afectan al sector sanitario.
        Es curioso, releyendo su discurso de investidura, pronunciado en fecha 20 de junio de 2011, sus únicas palabras sobre hospitales fueron las siguientes: “Un Gobierno que se ocupe de la calidad en la atención universal y gratuita de nuestros hospitales. Vamos a analizar el estado de ejecución de los hospitales de Cuenca y Toledo. Asimismo, estudiaremos el estado de ejecución de todas las ampliaciones de la cartera de servicios y plantilla, prometidas, en otros hospitales. Lo vuelvo a decir: Mi Gobierno será el mayor baluarte de la gratuidad, de la universalidad y de la calidad de los servicios públicos de Castilla-La Mancha. Todo ello, con un objetivo futuro: la libre elección de médico y hospital”.
        Y, respecto de las medidas generales que su Gobierno deseaba adoptar: “Es un programa global que abarca decenas de medidas de austeridad, fiscalidad, empleo, políticas de crecimiento, competitividad, infraestructuras e innovación, además de políticas sociales en educación, sanidad y bienestar social”. Reparen en dónde se halla situada la coma, separando lo que son medidas de austeridad de las políticas sociales, siendo que estas últimas se dirigirían a educación, sanidad y bienestar social.
        Pues bien, como ciudadano castellano-manchego afectado por el anuncio de la Presidenta el día 2 de diciembre, y, sobre todo, ante la escasísima concreción en la información facilitada por los organismos públicos respecto del modelo (y su configuración) en la gestión, he de volver a poner en tela de juicio la (rectitud en la) actuación de nuestros políticos, y, a mayor abundamiento, ahondar en la desconfianza que generan la volatilidad de sus declaraciones.
        A estos efectos, el alcalde, Carlos Cotillas, a resultas de un comunicado emitido por IU sobre la posible privatización del Hospital, manifestaba el día 31 de octubre, que: “Ni se ha planteado, ni se plantea, ni se planteará. El hospital es de gestión pública y si alguien tiene pruebas de lo contrario lo que tiene que hacer es demostrarlo” (eldiadigital.es).
        Nuestro Alcalde ha variado, sustancialmente, su discurso, llegando a afirmar el 16 de enero, en la audiencia posterior a la manifestación reivindicativa, que “con el nuevo sistema de gestión, en el que la administración regional se apoya en la iniciativa privada se podrá dar una mejor sanidad en nuestra población, una mayor eficacia en la gestión del centro y la puesta en marcha de todos los servicios que el hospital puede prestar (…) tenemos que decirles que el gobierno de Tomelloso y el gobierno de Cospedal estamos trabajando para garantizar que la sanidad en nuestra ciudad sea una sanidad pública, de servicio público, porque la gestiona el SESCAM” (los subrayados son míos). Por su parte, ese mismo día, el delegado de la Junta, Lucas-Torres, en rueda de prensa, refiere que “la gestión del hospital de Tomelloso será pública apoyada en la iniciativa privada” (EFE. 16 de enero). También en esa jornada, el gerente del Servicio de Salud, Luis Carretero, en entrevista en medio televisivo, reproducida en la página web de la Junta de Comunidades, explica (sic): “Lo que buscamos es encajar las potencialidades del sistema sanitario público, pues tenemos uno de los mejores del mundo, junto con la capacidad del sector privado de aportar gestión y eficiencia» (de nuevo, el subrayado es mío).
        A este humilde español, se le antoja complicado mantener que la gestión de un Hospital seguirá siendo pública, pero que se acometerá un nuevo modelo de dicha actividad (la gestión) con apoyo/colaboración en la iniciativa privada y, máxime, cuando todavía, salvo levemente por el señor Carretero, no se ha trasladado al ciudadano el alcance y concretos extremos del concierto que alcanzaría el Gobierno autonómico con la entidad privada hacedora de la eficiencia.
       Como uno no se resiste a efectuar las solicitudes de información a sus responsables políticos, envié correo electrónico pidiendo los términos en que tal acuerdo para “el apoyo privado de la gestión del Hospital de Tomelloso” se llevaría a cabo. Aún no he recibido respuesta, pero no desespero, confío en que la responsabilidad política de los gobernantes les conduzca por los términos adecuados, en atención a sus obligaciones.
        Como ustedes bien saben, el tema de la gestión privada de los hospitales públicos viene de lejos (en 1999, el Hospital de La Ribera, de Alcira fue el primero en acudir a este tipo de actuación, siendo línea seguida en la Comunidad Autónoma de Madrid). Su fracaso en Gran Bretaña fue sonado y estrepitoso (atiéndase al Informe del Parlamento británico, emitido en diciembre de 2011, sobre el modelo PFI o a las conclusiones del artículo “Chequeo de los hospitales públicos con gestión privada” de Gonzalo San Segundo en la edición española de Medical Economics, abril de 2007). Sus defensores, no obstante, son acérrimos (véanse las declaraciones de Alberto de Rosa, director general del grupo Ribera Salud, en los Desayunos de Sanidad, organizados por PriceWaterouseCoopers en Madrid, en noviembre de 2010). Y, para conformar el escenario de opiniones, las dudas amplias, véase Informe del CES “Desarrollo Autonómico, Competitividad y Cohesión Social en el sistema sanitario”.
        Con todo, y en defensa de nuestros intereses, los ciudadanos debemos de continuar saliendo a la calle, reclamar información y guardar en la memoria las actuaciones de los políticos, de todos.
       A la mía, ahora atribulada, viene, por ejemplo, la inasistencia del señor Cotillas a la histórica manifestación por la Igualdad, Dignidad e Integración de Tomelloso en el año 2000 y el imperdonable llamamiento a que no se secundara la manifestación del 6 de diciembre de 2001, o el olvido por parte de los sucesivos representantes locales socialistas de las declaraciones de los señores Bono y Barreda asegurando que “el AVE a Jaén sin lugar a dudas pararía en Tomelloso”, entre otra suerte de lindezas que demuestra el clientelismo de nuestros políticos tomelloseros para con sus mayores.
        Y con esa altura política, se ahondan mis sentimientos de incertidumbre y desconfianza, y se impulsa mi fuerza para continuar clamando por el ejercicio responsable de las funciones políticas y de gobierno.
        Para que ellos (los políticos) no olviden, nunca, jamás, que los ciudadanos, siempre estaremos allí, recordando que nuestro voto es el que los sostiene (y los derriba), con sumo respeto. El mismo que reclamamos.


martes, 27 de diciembre de 2011

Articulistas - Joe Frazier - Ángel Olmedo Jiménez

ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ
Subdirector de PASOS, escritor y letrado 

Joe Frazier

        Esta maldita política de la corrección que impera ha conseguido que el boxeo sea una práctica vilipendiada por numerosos núcleos de opinión y, lo que es más productivo en la actualidad, sutilmente olvidada en el universo de los medios de comunicación.
        Por ello, la defensa del noble arte nos obliga a esquivar (el verbo aparece con la maldad más verdadera) las eventuales acometidas de esos altavoces de la defensa de los derechos (sic), los cuales se arrogaron una serie de competencias que, al menos así lo entiendo yo, nadie les otorgó.
        Siempre he pensado que éste no es mi siglo y aventuro que, posiblemente, tampoco lo fuera el pasado. Quizá por ello continúe encontrando un más que evidente halo romántico en el hecho de que dos personas se batan a duelo, manteniendo una contienda con honor y, terminada la misma, se fundan en un abrazo de reconocimiento al esfuerzo y valía del adversario.
        Viene el anterior (y prolijo) alegato a colación de la reciente muerte del mítico estadounidense, campeón del mundo de los pesos pesados y medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Tokio, Joe Frazier.
        El 7 de noviembre de 2011, y tras combatir en los centros hospitalarios igual que en el recinto acordonado, Smokin Joe era vencido por un galopante cáncer de hígado que le mantuvo postrado, en su cama de un hogar para enfermos terminales de Philadelphia, durante los últimos meses de su vida.
        Frazier era, en el ring, un hombre valiente. Su record profesional alienta poco las dudas al respecto: treinta y siete combates, treinta y dos victorias (veintisiete de ellas por knock-out), cuatro derrotas (dos de ellas ante el púgil más grande de todos los tiempos, Muhammad Ali) y un nulo.
        El norteamericano pasará a la historia del boxeo por ser el único deportista que importunó el imperial reinado sostenido por Ali en la edad de oro del pugilismo, en el transcurso del triduo de combates que conforman uno de los más bellos episodios de este gran deporte.
       Quede para el recuerdo, nobleza obliga, un gesto que declara la grandeza de Frazier. Cuando Ali se encontraba suspendido para competir, en virtud de su negativa a prestar servicios militares para Estados Unidos en su contienda con Vietnam, Joe instó al entonces Presidente del país, Richard Nixon, a que condonara la sanción a su rival, habilitándole para pelear oficialmente.
        En su primer duelo, disputado el 8 de marzo de 1971 en el Madison Square Garden de Nueva York, Frazier venció a los puntos, por decisión unánime, a Ali, tras haberle mandado a la lona en el transcurso de la pelea.
        Ali se cobraría cumplida revancha de esa derrota en su siguiente encuentro, que se señaló, casi tres años después, en idéntico escenario. Los jueces, también por decisión unánime, otorgaron el la victoria a Ali, que aspiraba a retar al entonces campeón, George Foreman.
       Para cerrar la controversia, Ali y Frazier se citaron en Manila, el 1 de octubre de 1975, en el promocionado como “The Trilla in Manila”. A los que tuvieron la oportunidad, y el placer, de poder presenciarlo en directo, no hay nada que pueda referírseles. A aquellos que lo vieron o lo disfrutaron, pasado el tiempo, por televisión, no es necesario, tampoco, recalcarles que es el enfrentamiento, por antonomasia, del boxeo. Al resto, esos que aún no lo han contemplado, la invitación se podría equiparar a la que se realiza, a las puertas del Louvre, a un neófito del arte.
        Aparte de la plasticidad y la belleza del combate, en la retina de los aficionados quedará la imagen de un Frazier, ensangrentado y con un ojo a punto de cerrarse (para comprender la dureza del castigo, baste recordar que, en el decimotercer asalto, un golpe de Ali había enviado el protector bucal de Frazier fuera del ring), que pretendía enfilar el decimoquinto round, mientras su preparador, Eddie Futch, formalizaba el abandono.
        En el rincón opuesto, Ali, derrotado físicamente y terriblemente castigado por los golpes de Frazier, tardó unos quince segundos en reaccionar, antes de levantar ambos brazos, levemente, al cielo; cansado, dolido, intuyendo la cercana presencia de la muerte, como el mismo reconocería varios días después de la pelea.
        Alguien podría considerar que la vida privada de Frazier fue lo suficientemente desordenada como para acarrear un final como el acaecido. Otros podrán sugerir que fue un hombre que falló en su lucha primordial, la de sobrevivir a la pesada sombra de Ali (el icono de la generación, que enamoraba a la cámara con su carácter extravertido y polémico).
        Da igual, son terrenos personales que escapan, deberían hacerlo, al menos, de la opinión de cualquier otro congénere.
        Frazier, sin lugar a ningún género de dudas, habita en el reino de la dignidad y cuenta con el respeto de todos, por constituir un ejemplo de superación, entrega, valor y coraje, la quintaesencia del espíritu luchador y entregado por una causa.
        Algunos dirán que es excesivo agasajo para un boxeador. Los mismos que no aciertan a entender la belleza que reside en el noble arte del pugilismo.
        El 7 de noviembre de 2011 fue un día de señalado dolor.
        A todo esto, Nicanor Parra ganó el Cervantes.
        No todo podían ser noticias tristes en este invierno frío.


miércoles, 16 de noviembre de 2011

Articulista - Crisis (de aplausos) - Ángel Olmedo Jiménez


ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ

SUB DIRECTOR DE PASOS, ESCRITOR Y LETRADO

Crisis
(de aplausos)

        El número especial de Populares hace que, año tras año, uno se siente enfrentado a la pantalla del ordenador con un ánimo más que nostálgico.
        Y, aparte, igual no estamos haciendo viejos… todos.
       Desembarqué hace algo más de tres lustros en la Revista PASOS. Era una soleada tarde de primavera en la que España jugaba un trascendental partido del Europeo de Balonmano que se disputaba en nuestro país.
        Es curioso, mi memoria suele hallarse asociada a eventos deportivos con una prodigiosa capacidad que, para mí tengo, bien haría en dedicar a otros más provechos menesteres.
Aquella tarde me había citado con el Director de la publicación que, por motivos que desconozco, tuvo a bien hacerme esperar algo más de una hora en su salón de visitas del piso que, por aquel entonces, ocupaba la redacción en el Barrio de San Juan.
       Reconozco que, haciendo gala de una paciencia hasta la fecha no presenciada, aguanté el creciente nivel de irritabilidad que iba surgiendo en mi interior.
       La charla fue rápida, apenas quince minutos, y me enrolé en una empresa que, en aquel momento, me parecía destinada, al menos en lo que a mi participación hacía, al más obvio fracaso.
       Al despedirme, estrechando con firmeza la mano de Pablo, le interrogué sobre una estatua de bronce que asemejaba una letra pe mayúscula, con la liebre y el tomillo de que enseñorea el escudo de nuestra localidad.
        “Esto -contestó él, o ese es mi recuerdo libre de su respuesta- es nuestra joya de la corona”.
        Encogí mis hombros y Pablo, en larga perorata, comenzó a relatar los pormenores y avatares de los Populares. Les ahorro detalles, pues les hago perfectos conocedores de una realidad que, aquel momento, sonaba sorprendente a mis oídos.
        Cuando descendía las escaleras del piso, pensaba en que la iniciativa era un modo muy adecuado de reconocer a personas e instituciones que rara vez tenían acceso a los focos públicos.
        Me fui pensando en la ilusión, son los típicos devaneos de juventud, que debía de sentir alguien cuando recibía una distinción por un órgano independiente y privado que, además, nada pide a cambio y tampoco obtiene ningún beneficio por tal actuación.
        Reflexioné algún tiempo sobre tal extremo, supongo que hasta que comenzó el partido de balonmano.
        El resto de la historia es bien conocida por ustedes.
        Pablo, el capitán de este navío, utilizó sus portentosas dotes de convicción para hacerme partícipe de su flota y mantener mi ánimo y voluntad en esta travesía, consiguiendo reflotar y acuciar mis inquietudes ante situaciones en las que, lo más honroso, hubiese sido lanzar un cortés y considerado adiós.
        Hoy, sí, ahora que se cumple una nueva edición de Populares y de Jornadas Culturales, vuelvo a reflexionar como aquella tarde de primavera, sobre la verdadera realidad y teleología de una iniciativa como ésta, máxime en tiempos de aridez y dificultad de medios como los que nos incumben.
        Me gusta creer que, con espíritu ilusión adolescente (llámenlo si quiere ingenuidad), la ilusión de esos premiados se mantiene como una pequeña llama viva que ilumina a su alrededor y que propaga un calor verdadero, que anima a continuar esta ardua navegación en un océano en el que las rachas de viento distan bastante de amainar.
        Lo decía antes, nos hacemos viejos, todos…
        El empeño colocado en cada edición de Populares requiere un gigantesco esfuerzo que, además, no siempre encuentra acomodo pacífico en el público al que va dirigido.
No les juzgo. La crítica sana y constructiva es saludable. El resto de críticas rayan más lo banal.
Quiero asumir que, incluso con la desconfianza del que intuye que su final se halla próximo, conviene entablar el inicio de esta ruta con la misma pujanza que la vez primera.
        Y más cuando en el horizonte se preña de crisis de aplausos, de valores, de filosofías y de abrazos.
        Aventuro que no será un viaje exento de sobresaltos.
        Bienvenidos a bordo.
        Felices Populares.




lunes, 17 de octubre de 2011

Articulista - Delirios febriles

 ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ
SUB DIRECTOR DE PASOS, ESCRITOR Y LETRADO

Delirios febriles


        Imagina que un día levantas de tu cama, pones un pie en el suelo, notas la frialdad que el otoño va dejando en el piso, y, por un momento, sientes algo más que un escalofrío.
Puede que no todo funcione muy bien cuando enfrentas tu mirada a la imagen que devuelve el espejo del baño, pero aún no sabes qué es.
        La temperatura del agua de la ducha te reconforta y entonces lo percibes… Has olvidado el argumento del libro que comenzaste anoche y que dejaste abierto en la mesilla.
        Piensas.
        Es imposible… Es casi imposible… 
        Azuzas tu memoria visual y comprendes que tampoco eres capaz de visualizar el diseño de su portada, ni los caracteres que dan noticia del título y de su autor.
       Vuelves a sentir cómo una descarga eléctrica, muy parecida al frío, avanza por tu cuerpo, comenzando por los pies y hasta coronar tu cabeza.
        Cierras el grifo del agua. 
        Te enrollas en la toalla y el ejercicio mental te fatiga.
        Tampoco puedes recordar el argumento de otros libros.
        De esos tantos otros volúmenes que has leído durante los últimos años.
        Como en un repentino cortocircuito, algo (alguien) ha fundido todas las luces en el interior de tu interior (no es redundancia y, en caso de serlo, es una horrible y más que desafortunada redundancia).
        Viertes el café de ayer en la taza y esperas el aviso metálico y aséptico del microondas.
Sigues odiando ese sabor recalentado.
        Quieres tararear la letra de aquella canción… 
        Y, oh, sorpresa, aparece ese vacío… (es curioso, ¿puede el vacío presentarse ante ti como lo está haciendo?).
        Es algo fugaz, tiene que serlo algo fugaz.
        La palabra que tu mente rastrea es transitorio, pero el placer de convocarla no te es regalado.
        En tu imaginación aparece un cuarteto de jóvenes que tocan la guitarra y una batería pero ni la música, ni la letra, se te transmiten.
        Es como una proyección en un cine en el que se haya estropeado el mecanismo de reproducción de sonidos.
        Solo es una comparación, porque tu vivencia es la vida real.
        Y, como es costumbre, la ficción se ve, hondamente, superada.
        Miras un calendario.
        Alguien (posiblemente tú) ha tachado en rojo dos fechas…
        Desconoces a qué motivo responden tales señales.
        Disfrutas del paisaje que adorna el taco de hojas.
        Te resulta familiar, como tantas y tantas otras cosas que, sin embargo, eres incapaz de verbalizar…
        Una luz destella desde la pantalla del teléfono móvil…
        Seis cifras y un nombre…
        Sí… ambos desconocidos.
        Pulsas el botón verde y una voz pregunta sobre tu situación.
        Intentas responder…
        No puedes…
        La articulación de sonidos que te escapa de la boca es ininteligible.
        Tu frente comienza a perlarse de gotas de fino sudor.
        Heladas, como pequeñas bolas de diamante congelado.
        Provocando un dolor que hace tambalear tu compostura y tu verticalidad.
        Gritas.
        Pero el sonido se difumina en el ensordecedor ruido del despertar del gigante… de la ciudad que sonríe, traviesa, al adivinar tu caída.
        Entonces, como por casualidad, te diriges a la ventana, intentando descifrar la clave secreta de este laberinto de paredes altas e infranqueables que se ha apoderado de tu percepción.
        Pero fracasas.
        El cielo es más azul que nunca y sueñas que, entre las gotas de la lluvia, una mujer pronuncia tu nombre antes de dormir.
        Aunque en tu interior, esa voz es muda.
        Cierras la ventana.
        Te aproximas cauteloso a la mesa de cristal que ocupa el centro de la habitación.
        Adviertes que el periódico se encuentra abierto por sus páginas centrales.
        Lees y, sin embargo, la imagen del narrador que pronuncia las palabras en tu mente no se acompasa con la fotografía que ocupa más de la mitad de la página.
        Quieres escapar.
        El problema no es hacia donde sino de qué.
        Un rayo de luz se cuela por la ventana… Deseas la oscuridad, un compromiso antiguo leído en… sí, bueno, ese libro.
        Deduces que nada va a cambiar.
        Cierras tus ojos. 
        No recuerdas qué pasó. Tampoco cómo sucedió.
        Ansías retomar la posición de la cordura… pero nada funciona.
        Descuelgas el teléfono…
        Una voz te cuestiona sobre cierto extremo que no aciertas a entender.
        Y tu voz sale como un hilo delgado de un lugar profundo.
        México.


http://elrefugiodelhorror.blogspot.com

jueves, 25 de agosto de 2011

Articulistas - Las ratas siempre conocen la verdad - Ángel Olmedo Jiménez


ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ
SUB DIRECTOR DE PASOS, ESCRITOR Y LETRADO
Las ratas siempre conocen la verdad

        Un hombre de sesenta años, cuerpo trabajado en gimnasio, bronceado más o menos natural, taza de alguna infusión en las manos, sentado en la terraza de la isla, y vestido como mandan los cánones ibicencos lo repetía una y otra vez.
        “Nos convirtieron en máquinas”.
        “El cuerpo humano -barruntaba- no se encuentra educado para, robóticamente, adecuar sus horarios a la funcionalidad de un esquema temporal preestablecido”.
        En la isla, la temperatura era sofocante, a pesar de que el calendario aún no había rebasado la mitad del mes de abril.
        “Deberías entendernos, muchacho –a voz en cuello y dirigiéndose a un extranjero que tomaba fotografías, acrobáticamente encaramado a un banco público. Ibiza es el paraíso”.
Varios años después, ese mismo hombre bailaba al ritmo de los timbales en una concentración de “indignados” en la Puerta del Sol de la capital del Reino.
        Parecía sosegado, feliz y disfrutando un momento especial de comunidad y gran peso histórico.
        Cuando acabó la música, se dirigió a un grupo de periodistas que estaban terminando de colocar sus cámaras en las fundas, y les espetó: “Dejad los cachivaches esos y quedaos aquí con nosotros. Ellos tampoco os representan”.
        Madrid, y el resto de España, vivía la noche de la jornada de reflexión electoral de las elecciones autonómicas y municipales del año 2011 (un recuerdo grato y afectuoso al violentado artículo 53 de la Ley Orgánica 5/1985, del Régimen Electoral General), mientras un colectivo de personas protestaban por lo que, a su juicio, era, en suma y en resumidas cuentas (con el yerro que toda generalización provoca) un sistema electoral injusto que desembocaba en unas instituciones representativas que olvidaban a aquéllos que las habían elegido, entre otras múltiples disfuncionalidades que, con la mano negra del mercado y la connivencia de los Gobiernos del orbe, habían concluido en el colapso generalizado de la economía y la negación del individuo tal y como se le conocía desde el renacer cultural moderno.
        Andado el tiempo, que es el mejor médico conocido hasta la fecha, las plazas de todos esos pueblos y ciudades de España fueron desalojándose, con mayor o menor premura, y la indignación se trasladó a otros medios más privados y recogidos.
        Desconozco si el hombre de Ibiza ha conseguido que su labor de prédica no caiga, como el grano bíblico, en el más agreste de los campos.
        Mucho me temo, sin embargo, que continuará intentando convencer a los desprevenidos turistas que se acerquen a aquella agradable terraza de la que, desafortunadamente, el olvido borró su nombre, pero no el magnífico sabor de su bollería recién horneada.
        Aquel hombre mantenía cierto acuerdo económico con el dueño de la cafetería-restaurante, el que, a su vez, confiaba los réditos de su fructífero negocio a una oficina de representación de una entidad bancaria japonesa que, recientemente, se había instalado en la isla con una más que agresiva política de negocio.
        Al pasear por el jardín de su cafetería encontré un roedor, mi incapacidad para distinguir si pudiera ser un ratón, hamster, rata o similar es tan preocupante como inquietante, que sonreía entre los tiestos.
        Apenas dos noches después de que la mayor parte de los “indignados” levantasen su acampada (léase ocupación no autorizada del suelo público) de la Puerta del Sol, un antiguo compañero del Colegio Mayor discutía sobre la verdadera incidencia del movimiento.
        “Es curioso -decía. El sistema nos ha llevado a depender de los bancos… Es como si su abrazo se convirtiera en una prisión”.
        Por alguna extraña razón, sus palabras me trajeron a la menta las del predicador ibicenco y no pude resistir cierto discurso verborreico.
        “Bueno, quizá haya que saber vivir dentro de las posibilidades de cada cuál. Si con dieciocho años quieres tener el coche que no puedes pagar y con veinticinco la casa que tardarás toda tu vida en comprar… puede que no toda la culpa sea de los bancos. De todos modos, hay un argumento que introduce el error en el planteamiento. Si alguien quiere acabar con el sistema, primero, ha de salirse de él y no reclamar los beneficios que éste proporciona sin asumir las cargas, más o menos pesadas, que su cálido abrazo, perdón por la utilización de tu metáfora, traslada. A lo mejor, Cantona no estaba tan loco cuando quería que todos sacásemos nuestro dinero de los bancos. Ninguna entidad de crédito, que me conste, obliga a que abras una cuenta corriente con ellos. El problema radica en que no podremos escapar de la carretera, si queremos llegar al final del trayecto y no estamos dispuestos a arremangarnos para construir un nuevo sendero. Peor aún si deseamos que nos los construya un tercero”.
        Mi amigo me miró con cierta desconfianza.
        Y sonreímos, satisfechos de compartir nuestros distintos pareceres en una agradable noche madrileña, tras haber recordado otras historias no tan lejanas en el tiempo.
        De repente, de entre los cubos de basura sin recoger de la calle Postas, apareció un animal que galopaba la noche con más velocidad y presteza que nosotros.
        “Salta, joder -le dije. Hay ratas, creo… Y éstas siempre sonríen… y lo saben todo”.
        Ante el ridículo espectáculo de saltos que habíamos deparado, me paré y le dije: “Deberíamos comer unas magdalenas… pero el sistema nos ha colocado las mejores demasiado lejos…Estoy por indignarme”.



lunes, 18 de julio de 2011

Articulista - El libro que cambió nuestra vida - Ángel Olmedo Jiménez

 ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ

El libro que cambió nuestra vida

         La Literatura es una afición complicada.
       Nuestros mayores, especialmente nuestros profesores de Lengua y Literatura (gracias señorita Ángeles), o como demonios denominen ahora esa asignatura tras la enésima reforma educacional, nos sumergen en una vorágine de aventuras que, por regla general, nuestro paladar falto de sensibilidad no es capaz de apreciar en su justa magnitud.
        No importa.
        Conviene que, en esa década y media, se lea como el que pelea en una batalla marcial o el que intenta salvarse de morir ahogado en medio de un río tumultuoso al que se ha visto precipitado involuntariamente. Con desenfreno y pasión, como si fuera lo último que fuera a hacerse en esta vida.
        Es imposible que El Quijote, sin haber vivido veintitantas primaveras, sea un libro degustado en toda su extensión. Determinadas empresas requieren una experiencia personal previa y un posicionamiento para con la obra que un adolescente no puede (quizá no deba) tener.
        Sea como fuere, lo más importante de ese periodo de formación consiste en que brote la ilusión o la inquietud en la mente, que perviva su fértil semilla. Que el espíritu aventurero y temerario se haga un hueco privilegiado y que sea capaz de atisbar un camino fluido y no exento de peligros entre las páginas de esos volúmenes que reposan en las bibliotecas familiares.
        Quizá, durante las dos primeras décadas de nuestra vida, sea necesario abanderar el culto a un autor, leer todas sus creaciones, defenderlo a capa y espada y, si cabe, denostar a otros por el simple hecho de no firmar con el mismo nombre de nuestro ídolo de cabecera.
El tiempo en la Literatura, sospechosamente, siempre acaba venciendo por el camino de la razón y la tolerancia.
        El proceso de maduración del espíritu (quizá la época universitaria) faculta a nuestra afición a ser promiscua y desenfadada, abierta a cualesquiera tipo de influencias que nos lleguen de las conversaciones más inesperadas.
        Sí, leer libros ajenos, detenernos en subrayados de terceros (tratando de descifrar la relevancia de un verso o de una escena en el cúmulo de la historia), adoptar como personales las referencias de escritores de cuya existencia, apenas cinco minutos antes, no teníamos ni la más remota idea.
        Abrir el abanico de estilos. Abandonar lecturas emprendidas por la pujanza y fuerza de una frase extraída fuera de contexto (y quizá mal traída a colación en una conversación nocturna y etílica de sonrisas, preludio de otras entregas mucho menos prosaicas)…
        De esos momentos, posiblemente, también formen parte la creación de la galería de los malditos.
        Aquellos monstruos literarios, esas obras que conforman el capítulo del aplauso generalizado por la crítica, esos tomos que adquirimos y los enviamos a un pudridero cuando, más que seguramente, fue nuestra capacidad de discernimiento la que hubo de personarse en tal estancia.
        Y, por supuesto, los indispensables.
        Esa terna de fenómenos de otro mundo que, sin contar con el predicamento de las firmas indiscutibles de la historia de la Literatura, ocuparon el lugar preponderante en nuestro corazón creativo.
        Treinta o cuarenta libros que acolcharían el fondo de nuestra maleta en el viaje al fin del Mundo… o en el viaje de los finales.
        Ellos enfocaron la luz sobre espacios que se antojaban inexistentes. Alumbraron motivos y sensaciones de ensueño que forjaron nuestro carácter personal.
        Como valientes samuráis, serían los compañeros con los que nos encaminaríamos a la más cruenta de las disputas, cofirmantes de un código de honor sin necesidad de ser suscrito, miembros de una secreta hermandad de ilusiones, pasiones y decepciones, fruto de las cuales aún nos podemos mantener en pie cuando el universo juega sus cartas contra (no confundir con “frente a”) nosotros.
        Y, efectivamente, el encuentro tardío con esos gigantes que nos asombraban y atemorizaban.
        Esa llegada madura, con una pizca de resentimiento y desconfianza, a la imaginación de héroes del noble oficio de la escritura, del artesano y dificultoso armazón de la creatividad en escenarios en blanco y negro.
        El único beneficio de la espera ante las obras de arte es que uno asume que la rendición ante las mismas resultará más serena y, simultáneamente, más real y honesta, desprovista de sentimentalismos y filias propiciadas por la facilidad a la sumisión.
        Siempre encontré complicado elegir un libro que se alzase como cúspide de mi todavía corta (a pesar de lo que digan los armarios de casa, Mamá) experiencia en la lectura.
        Puede que fuera más honesto y correcto seguir el consejo de Bolaño en una pieza (no tan) perdida (“Un narrador en la intimidad”) entre sus papeles y publicada en algún diario local bonaerense (Clarín).
        Allí, Roberto, con esa sensibilidad del que lo ha entregado todo por la Literatura (no queda otra opción), subraya: “Mucho más importante que la cocina literaria es la biblioteca literaria (valga la redundancia). Una biblioteca es mucho más cómoda que una cocina. Una biblioteca se asemeja a una iglesia mientras que una cocina cada día se asemeja más a una morgue. Leer, lo dijo Gil de Biedma, es más natural que escribir. Yo añadiría, pese a la redundancia, que también es mucho más sano, digan lo que digan los oftalmólogos. De hecho, la literatura es una larga lucha de redundancia en redundancia, hasta la redundancia final”.
Bolaño lleva razón (siempre la ha llevado), incluso cuando erraba.
        A veces fantaseo y sueño que Roberto Bolaño resucita y se coloca a mi lado, con su espada. Y que, unos pasos más allá, apurando un cigarrillo, con gesto serio, Martin Amis nos acompaña en nuestra batalla. Y, para completar el ejército samurái, Palahniuk se anticipa a Bret Easton Ellis, que nos observa algo extrañado, mientras acerca dos copas de whisky a Carson McCullers y William Faulkner.
        Salimos a caminar. Silentes. Confiados.
        Esas noches duermo tranquilo.
        Bueno, esas noches tan solo duermo.


jueves, 19 de mayo de 2011

Articulista - Carta a Mario - Ángel Olmedo Jiménez

ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ

Carta a Mario

        Querido Mario:
        Acabo de reparar en que ésta será la primera ocasión en la que podrás ejercer tu derecho a voto.
        Maldito enano, te estás haciendo mayor (y, aunque puedas no creerme, eso me preocupa más por mí que por ti).
        Pues eso, que habrás recibido la cartulina en casa en la que, salvo error administrativo en la configuración del censo electoral (si se produjo yerro, reclama, no me seas perezoso) te indican la mesa en la que, el próximo 22 de mayo, puedes acudir a depositar tu voto.
        Ya imagino que tendrás algunas mejores cosas en las que pensar ahora que en ese deber ciudadano que es expresar, en términos temporales reglados, la opinión sobre nuestros gobernantes patrios.
        Sí, estoy de acuerdo contigo, ninguno te infunde confianza pero, atiende, es como con tu equipo de fútbol, pueden hacer la peor temporada del mundo, podrán estar agraviando el honor de la camiseta que visten, pero son los tuyos y los que, para bien o para mal, defienden tus intereses.
        No te pediré que bautices tu encuentro con las urnas como lo hice yo. Aún recuerdo que acudí acompañado de mis padres, a los escasos cinco minutos de que el colegio electoral abriera.
        También recuerdo los churros y el chocolate de después que repararon algún pequeño percance de la noche anterior (¿qué nos vamos a contar, Mario? Los caminos que pisamos nos resultan novedosos, pero todos fueron previamente caminados por otros transeúntes).
        Ya sabrás que tu país te concede la oportunidad de señalar a tus representantes en el Ayuntamiento (sigues censado en Tomelloso, ¿verdad? Como me entere que reniegas de tus orígenes, y no me vengas con el cuento de que “no de nacimiento”, encontrarás un pequeño regalo en breve en tu buzón de correo electrónico) y en las instituciones gubernamentales autonómicas.
        Bueno, sí, hablando con precisión no los puedes elegir, son las estructuras de partido los que conforman las listas y tú las apoyas o no. Ya conoces que los modelos pensados para núcleos poblaciones amplios distan de ser perfectos.
Esta carta se está convirtiendo en una auténtica hoja de ruta y estarás esperando que concluya con una dirección en tus designios, ¿o no?
        Pues, sí, Mario, esta vez me voy a mojar y voy a hacerlo.
        Ve a votar y haz lo que te dé la gana.
        Ya sé que te sentó mal que Carlos Cotillas intentara añadirte como amigo al Facebook cuando igual por la calle ni te saludó jamás (yo tampoco entiendo como se utilizan las plataformas electrónicas para hacer campaña, hijo, pero tú que eres más joven que yo deberías asumir que ésta es la sociedad en la que todos, de un modo u otro, permitimos participar), que tus principios de estudiante de diseño te impiden votar a un candidato cuya fotografía en el cartel anunciador parece recortada por alguno de sus hijos menos duchos en las artes plásticas y, que, finalmente, desconfías de las posibilidades de otorgar gobierno a partidos que puedan diferir de los colores autonómicos y nacionales (máxime con la necesaria conjunción que ha de existir para que, algún día, nos sean concedidas las justas reivindicaciones que merecemos… Que, sí, joder, que yo también estoy cansado del Samar o de tener que pisar tierra en ese Alcázar de San Juan al que, como poco, le deparo mis más íntimas desavenencias).
        No dejes de votar.
        Hazlo en blanco. Introduce un nulo. Son opciones tan válidas como cualquier otra (si optas por el nulo, por favor, sé imaginativo y envía un mensaje a navegantes, algo así como “Tomelloso, no olvida. Vamos a seguir luchando por el que es nuestro”), pero no dejes de acudir, es tu responsabilidad para con tu pueblo, aunque ya cada vez lo pises menos.
        Y, bueno, respecto de los otros mayores, la Comunidad Autónoma, qué te voy a decir.
        Seguro que has revisado aquellas declaraciones de determinados líderes que prometieron lo que, a día de hoy, todavía no ha llegado.
        No me cabe la menor duda, te tengo por un chico espabilado, que consideras que hay personas que hacen de la política su trabajo y que saben que determinadas soldadescas son previas a ascensos a cúpulas nacionales… Eso se llama política de tierra quemada y los perjudicados son los que quedan por el camino.
        Ya sé que odias esa bipartidismo PP – PSOE y que te gustaría que, de una maldita vez por todas, las intenciones y desvelos de la tercera población de la provincia de Ciudad Real se oyera en las cámaras autonómicas…
        Pues, como decía aquel mítico luchador mexicano, órale, pinchecito, y démosle una madriza.
        Quienquiera que guíe nuestros designios autonómicos ha de saber que este municipio está dispuesto a luchar y que su eventual incompetencia o desatención será sancionada con nuestro reproche (sí, macho, aquella máxima inolvidable: “no busque un culo al que pegar la patada que sabes has de dar en aquél”).
        Y ahora preguntarás que cuál será mi actuación, ¿verdad?
        Pedí el voto por correo y enviaré los sobres para su inserción en la urna (tú ya no necesitas mayor explicación).
        Sé bueno… O, mejor, sé malo, pero cuídate.
        Tuyo. Siempre.
        Abrazo.




martes, 3 de mayo de 2011

Las niñas de "La Complu"



ÁNGEL OLMEDO JIMÉNEZ


SUB DIRECTOR DE PASOS, ESCRITOR Y LETRADO

La juventud universitaria, como es procedente y lícito en los que deberían de ser los gérmenes de la inquietud, anda a vueltas respecto de la conveniencia de las capillas católicas en el recinto universitario.
Hasta ahí todo correcto (mal día aquél en el que los sectores más jóvenes de una sociedad avanzada se detengan y adopten como propio el status quo de sus mayores).
Sin embargo, algunas más avezadas y libertarias decidieron (a imagen y semejanza de lo que meses antes había acontecido en Barcelona) tomarse la justicia por su mano y mostrar sus adolescentes pechos en la capilla de la Universidad Complutense de Madrid, blasfemando, ridiculizando la figura del Papa y haciendo escarnio del lugar sagrado y de culto.
En algunas crónicas (soy de los que gusta de leer en varios medios y pocas veces en los considerados oficiales), se refiere que ciertas señoritas del colectivo reivindicativo, con sus torsos desnudos, llegaron, incluso, a hacer gala de su tendencia homosexual en el altar de la capilla de Somosaguas, mientras en sus cuerpos se adivinaban proclamas a favor del lesbianismo.
Satisfechas de su hazaña, subieron su actuación a la plataforma de vídeos Youtube, con objeto de que la propaganda en Internet favoreciera sus aspiraciones y objetivos.
En el diccionario, a una actuación aglutinada bajo las anteriores componentes, se le conoce como herejía o profanación. Por su parte, el Derecho Canónico reserva al grupo de estudiantes una serie de penas y sanciones que, en su caso, podrían llegar a la excomunión (temo que a los precitados tal cuestión no les desvelará por las noches; cuestión distinta quizá sea la suerte de aquéllos cuatro individuos que fueron detenidos a resultas de su performance antes esbozada. Ay, el Código Penal, ese sí asusta un poco más).
A mí, católico no muy practicante, que unas señoritas y unos caballeros se dediquen a protestar respecto de la presencia de capillas en la Ciudad Universitaria me resulta de lo más sano. Es más, conviene que la Universidad continúe siendo un foro de debate en el que, con el respeto democrático por bandera, las ideas se enriquezcan gracias a los diferentes puntos de vista del nutrido grupo de representantes de lo que, me gustaría pensar, es la sabia de nuestra futura elite intelectual.
Sin embargo, que unos canallas desalmados se personen en un lugar sagrado, se mofen y hagan pública befa de las creencias de cada cual, pretextando su libertad sexual y religiosa, se me antoja carente de justificación alguna y, lo que es más duro aún, ampliamente revelador de la dudosa conducta que una sociedad como la actual aplaude cuando alguien quiere resultar trasgresor.
Me explico.
Si estas dulces y bellas señoritas se quieren y gustan de los juegos de Lesbos, pues fenomenal y que les aproveche.
Cuestión distinta es que, en el ejercicio desbordante de su legítima libertad, se permitan el lujo de trastocar y herir la pacífica y no invasiva libertad religiosa del resto de los mortales.
Si quieren lucir sus pechos y entregarlos a las manos o bocas de sus pares, que procedan.
Si desean criticar la actuación de la Iglesia y demonizar su aberrante actuación, pues adelante, pero con el respeto que a ellas les permite, en el día de hoy, defender sus ideas dentro de un orden mínimo en el que la violencia (frente a la que la única respuesta posible es la misa de desagravio) queda fuera de los límites tolerables.
Me recuerda esta actuación a la que gustan de escenificar los antitaurinos cuando llega San Isidro o, hasta el año pasado, en la Monumental de Barcelona.
Recuerdo que, en determinada ocasión, un joven, cuando me dirigía a ocupar mi localidad en la Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo, me asaltó en pleno descenso por Alcalá.
Tras negarle, educadamente, su panfleto en el que se adivinaba la recurrente “La Tortura no es arte ni cultura”, el caballero consideró oportuno proferir, dirigiéndose a un colectivo entre el que me cuento (el de los amantes del arte de Cúchares), el epíteto de desalmados.
Como contaba con tiempo, me giré y le conminé a que reportase su actitud, ante lo que el sujeto de marras contestó con un, francamente esperado, fascistas.
Tras eso, y ya con cierta pena, me dirigí a él y le expuse, con más tranquilidad de la que el momento quizá propiciaba, que a mí me gustaban los toros y a él no. Que yo, posiblemente, no comulgara con el hecho de que me aborden por la calle y me quieran convencer de algo que no comparto pero que, como miembro de una sociedad democrática, trato de atemperar mi desconcierto y asumo que otra persona, además de pensar distinto a mí, tenga el objetivo de cambiar mi punto de vista.
Creo que también le invite a que, algún día, y sin esos papelitos (o con ellos guardados [la provocación siempre ostenta un punto de falta de decoro], se sentase en un tendido de Las Ventas y, junto a algún buen aficionado, presenciase una corrida, escuchando los secretos de un arte como el que él denostaba.
Si la memoria no me falla, cuando el propagandista comenzó a alterarse, le sugerí que se parecía mucho al perro del hortelano y, con ésas, me despedí porque la corrida iba camino de empezar.
Con el asalto de la capilla, me ocurre lo mismo.
Me gustaría poder charlar con alguna de las reivindicativas y que, en una cafetería, expusiera sus razones y argumentos, entablando una amistosa discusión (si es posible con los pechos cubiertos, porque me suele descentrar la desnudez femenina).
Sin embargo, me temo que, al igual que con el manifestante de la Calle Alcalá, la cuestión acabaría con más de un malentendido.
Estimo que, al final, todo se resume en una cuestión de teleología (y no de teología).
Por ello, quizá, jamás intentaré convencer a nadie de que le gusten los toros, o de que crea en Dios, o de que disfrute un domingo de primavera viendo el Tour de Flandes.
Tampoco entiendo como existe gente que se tumba horas y horas en la arena de una playa. Pero, hasta la fecha, no me siento delante de ellos o les coloco una sombrilla.
Porque, para cada cual, su sol es su sol, queme más o menos.