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martes, 27 de diciembre de 2011

Articulistas - La gran costalá - Tomás Perales Benito

TOMÁS PERALES BENITO
Escritor e ingeniero 

CHARLAS EN LA SOBREMESA

La gran costalá

        Costalá es precipitarse violentamente contra el duro suelo; el adjetivo gran dice que lo acaecido es de bigotes, o de campanillas, que el que ha mordido el polvo se ha roto las costillas o dejada esparcida la sesera por el espacio de aterrizaje. Es el desenlace que advierto a la situación social que vivimos -al que le pongo, con delirio, una palabra de mi niñez-, tras el que aventuro que remontaremos el vuelo como el ave Fénix. Experiencia no nos falta.
        Tiempos necios llamó a los suyos, desde su convento, la rebelde Teresa, siempre al frente de sus monjas, todas letradas por imposición, su ejercito para combatir la sinrazón, la ceguera de los estertores medievales. Tiempos necios los nuestros, que hemos trocado todos los valores conquistados con sudor y no pocas lágrimas por un puñado de ilusorio y volátil bienestar. La ciencia, como nueva chistera de mago circense, nos ha encandilado y le hemos entregado el alma a cambio de no se sabe qué.
        Las sociedades padecen de tres grandes mentiras, todas recientes considerando el largo periodo de nuestra existencia como seres racionales. La primera la pusieron en circulación las iglesias al proclamar que tenemos condición de siervos de los moradores de los cielos, seres (?) con aparente poca misericordia y mucha demanda de pleitesía, devoción y ruego; continuaron los abanderados del socialismo con sus proclamas de igualdad, sus dogmas de uniformidad, etiquetados, fabricados en serie, todos con los mismos conocimientos, los mismos criterios y opiniones, las mismas acciones, las mismas miradas grises, los mismos sentimientos apagados, sin emociones, mirada al frente, como un ejercito, el que forman tras su reeducación destinada a borrar sus recuerdos de un tiempo provisto de sonrisas y también de lágrimas. Cierra el círculo el estado del bienestar, presentada en sociedad por las izquierdas como el bálsamo a todos nuestros males, el elixir de la existencia en el Edén, la replica, tan merecida como natural, al sufrimiento. La primera la estamos superando con la razón, la segunda con el conocimiento, pero a la tercera no sabemos dónde y cómo hincarle el diente. Nuestros dirigentes políticos nos han llenado la cabeza de tantos derechos que sentir la proximidad de una mella en alguno ya lo consideramos un hurto en nuestras propiedades.
        Nada más natural que la solidaridad. Nada más humano que la protección al que lo abandona la ventura. Nada más justo que la igualdad de oportunidades. Pero los límites de lo razonable se han superado peligrosamente. La protección excesiva, como la abundancia, engendra la desidia, congela el afán de superación, una de las manifestaciones más dignas del ser humano. Y por si no fuese suficiente declive social, su mantenimiento son ahoga económicamente.
        Tenemos derecho a... nos dicen. Evitemos que nos roben los logros sociales conseguidos con tanto esfuerzo, claman mientras nos llevan a la ruina económica. Subsidios a los que lo necesitan y a los que no, servicios sociales a la altura de los ricos, cuando no lo somos, instauración de auténticos reinos en cada gajo del país, con sus cortes y tropel de cortesanos inútiles asomados al pesebre de los reyes de trono bajo, con o sin panegíricos, aunque con ellos se llega más alto.
        No cesamos de columpiarnos, con la mirada firme del amo, en la opulencia institucional, la que sufragamos con dinero prestado en una espiral tan interminable como absurda. Y mientras tanto reducimos a cada momento la distancia a la línea de meta en los estudios para que no se note tanto el fracaso escolar, consecuencia de la negación del esfuerzo, y menguamos el dinero a los centros de formación, los únicos que pueden garantizar el porvenir como sociedad.
        La cordura no se deja ver, pero la inevitable costalá si dejará huella en el rostro. Y entonces volveremos a empezar. Al sentirnos de nuevo desnudos acondicionaremos la imaginación y el esfuerzo, ahora cubiertos de polvo, y levantaremos lo que años después, tras las conquistas sociales, será derrumbado.



lunes, 17 de octubre de 2011

Articulista - Cosecha de políticos - Tomás Perales Benito

TOMÁS PERALES BENITO
ESCRITOR  (NATURAL DE TOMELLOSO)

Charlas en la sobremesa
Cosecha de políticos

       Tomando como indefensos ingredientes frases ajenas del mundo clásico, se puede cocinar un dialogo de autor que represente tanto la ingenuidad del ser humano como la situación política actual: «Platón (¿...?), ¿por que no nos gobiernan los mejores?». El maestro estuvo tentado de responder con la palabra que había fraguado para los individuos como aquel que levantan los pies del suelo, pero se encogió de hombros. Y sólo contestó ante la insistencia, aunque con verbo ajeno: «Recuerda que se dice que cada pueblo tiene los políticos que se merece».
        El humanista Tomás Moro representó como nadie ese pensamiento del maestro heleno al acuñar la palabra que el filosofo no llegó a pronunciar: «Utopía». Él lord canciller de Inglaterra, observando el panorama político de su tiempo, imaginó una comunidad ficticia a la que llamó «Utopía». En ella se vivía un mundo irreal, el que a él le hubiese gustado encontrar, y, pluma en mano, la escribió y la entrego a la imprenta. ‘De Optimo Replublicae Statu Nova Insula Utopía’ vio la luz en 1516. Sin embargo, fue un hombre realista que, como buen humanista, anhelaba otro mundo más recto, más «humano». Pero jamás rozó la utopía; sabía bien que el ser habita en dos mundos que se manifiestan en tiempos diferentes, aunque con peligrosa tendencia a cruzarse: el de los ojos abiertos y el de los sueños.
        Utopía goza de buena salud. Tanta como la condición de ingenuidad de quienes creen lo que dicen los que dirigen los destinos de los pueblos. También goza de salud la pasividad política de los ciudadanos al ser zarandeados por las decisiones de esos al modo del derecho de pernada de tiempos pretéritos, con la diferencia de que ahora toman a varones y a hembras y no solo a las doncellas que contraían matrimonio. Se palpa, sin que la sensación despierte nuestro supuesto espíritu guerrero, que la democracia de Platón queda limitada a la consulta periódica: Al ganador se le asigna patente de corso mientras los votantes observan indefensos a los nuevos dirigentes campar por terreno considerado propio y disparar con pólvora del rey dándola como suya. Se olvidan por completo de los individuos que los han aupado al poder hasta la siguiente consulta, en la que volverán a acariciarlos. Los deseos del pueblo no alcanzan más trecho que los soliloquios a modo de revancha infructuosa de sus habitantes y a las tertulias en el ambiente íntimo. Mientras tanto padece la impotencia de no poder sancionar a los que eligen caminos distintos de los del deseo común o cuando cruzan impunemente los límites que marcan las leyes  y la decencia.
        Hace tiempo que no tenemos buena cosecha de dirigentes políticos. Los que han germinado últimamente no tienen mucho grado, sin que ellos lo sepan, como buenos desconocedores de la realidad de todo lo que manejan con sus manos siniestras. 
        ¿Tenemos los políticos que nos merecemos?, según la sentencia que nos legaron los viejos filósofos. Afirmarlo produce escalofríos. ¿Somos tan malos? ¿Todos? ¿Hemos cometido tantos pecados? Pocas cosas son más necesarias que reflexionar y actuar en consecuencia.
        Sí. En los últimos años hemos tenido una mala cosecha de pastores del rebaño general. Una caterva de arribistas, con nuestro beneplácito, hace y deshace -más de lo último- a su antojo, que quiere decir con la mirada encontrada a la de la sociedad que la sustenta (y la aguanta). Pocos están de acuerdo con sus decisiones en aspectos tan importantes como la seguridad, la justicia o la educación, esta última llamada «progresista», cuando deberían decir destructiva por la reducción de contenidos, la ideología que le han imbricado y los sentimientos de superación que han machacado. Todos somos iguales, graban a fuego en las mentes en formación, cuando deberían decir, si su credo lo permitiera, que todos sin distinción tenemos los mismos derechos, pero que el esfuerzo individual determina su futuro. Esta situación parece enlazar con el estado de penuria que padecemos, que ofrece indicios de que no tiene sus raíces en la economía sino en la falta de valores morales, de principios. Jamás debimos creer que tengamos tantos derechos y tan pocos deberes. Jamás debimos creer a los voceros de feria. La experiencia, que olvidamos tan fácilmente, nos dice que la adversidad se vence con útiles antes cotidianos y ahora sustituidos por ideologías de dudosa bondad: los de la superación personal. Y no levantar los pies del suelo. 
        Sí. En los últimos años hemos tenido malas cosechas de dirigentes políticos. Si es lo que merecemos, a callar; sino, a protestar
        ¿Tendremos buenas cosechas con la próxima siembra? Mientras que nuestra participación política sea tan pasiva, será de nuevo el tiempo y la suerte los que manden.

jueves, 25 de agosto de 2011

Articulistas - La novela policíaca de ayer a hoy - Tomás Perales Benito

TOMÁS PERALES BENITO
ESCRITOR, NATURAL DE TOMELLOSO

La novela policíaca
de ayer a hoy

        A la literatura siempre le he asociado cuna y no sólo paternidad. El escritor la ejerce desde un lugar definido y le imprime, consiente o no, sus personajes, sus circunstancias, sus condiciones de vida, su cultura. En consecuencia, nunca he creído en la «literatura universal» que citan con la mirada alta algunos de los que comparten conmigo profesión. Sí hay -quién puede negarlo- escritores de reconocimiento universal en el sentido geopolítico.
        Esta reflexión la ha provocado el género, o subgénero, que no sé dónde ubicarlo, de la novela policíaca (o negra), al que llegué muy recientemente desprovisto de todo conocimiento de sus andanzas. La lectura, somera, de un título salido del entorno manchego, en realidad de mi lugar de cuna, caído en mis manos por capricho del azar, me incitó sin demora  a la aventura de tomar pluma y papel y escribir una novela policíaca. La osadía no conoce límites en algunas profesiones.
        Lo único que me acompañaba para cocinar el relato propuesto tan ingenuamente eran los ingredientes necesarios: asesinato o asesinatos, que siempre gusta de disfrutar de más de uno (mi idea era que se produjeran cinco efectivos y tres frustrados), tendido de hábiles trampas para despistar a los desprotegidos lectores, que el asesino sea el menos esperado, conjeturas a raudales de los posibles motivos de los crímenes y sus previsibles autores, puesta en escena de sagaces servidores de la ley hostigando sin tregua a los sospechosos, y, finalmente, caída en alguna de las trampas policiales o detectivescas y encierro del malo entre gruesas rejas. Sin embargo, la primera duda en dar señales de vida fue el escenario en el que desarrollar la trama. Duda que se solventó al momento, aunque con cierto pesar por no haber advertido algo tan obvio: tratándose de un texto con profundas raíces manchegas pues en la  Mancha, con sus gentes y sus circunstancias. Un ingenioso policía de pueblo, tomado al asalto continuamente por un entrometido amigo del alma que sabe de todo, llevan a cabo las más ingeniosas investigaciones que los conduce, tras muchos errores propios y ajenos y peripecias carnavalescas (el humor no está reñido con la maldad), a la guarida del asesino, para satisfacción de todos, lectores incluidos. La trama estaba concluida. El papel esperaba con ansia.
        No volvieron a presentarse dudas de estructura y el texto llegó a buen puerto sin demasiadas zozobras. Satisfecho por haber seguido las consignas del padre de la novela negra española, lo entregué. Pero, ¡ay!, los tiempos habían cambiado sin misericordia, una apreciación tan dolorosa como tardía. El sagaz policía de pueblo parece que ya no investiga para poder ocuparse de las multas urbanas, no tiene a su lado un civil «cavilante» que le ayude a levantarse o a caer, el asesinato no se produce clavándole a la victima una fulgurante navaja de dos cuartas sino con un arma automática de factura lejana, contra más mejor, el lugar de los hechos no es el campo, no ya el manchego sino ninguno; los rascacielos de cristal son más apropiados a los nuevos tiempos. Ahora, lo que se da a la imprenta, son relatos «exóticos» que toman como escenario Moscú, Bulgaria, Bielorrusia...  con preferencia por ciudades aún más alejadas y enigmáticas. En ellos intervienen policías altamente especializados y con conocimientos profundos de todos los artilugios tecnológicos, a los que pocas veces se llama así, sino agentes, inspectores, comisarios, etc. Se agrega al relato la intromisión de los de «Asuntos Internos», que siempre se enteran de las malas acciones de sus compañeros en el cumplimiento del deber.
        Los asesinatos modernos, observo con candidez, ya no están fundados en la desesperación de los celos, en la ponzoña del odio o en la avaricia que incita al robo. No. Los nuevos asesinatos son políticos, y de alto nivel, se perfilan entre las sombrías paredes de los regimenes totalitarios, y los ejecutan sicarios sin escrúpulos maltratados por la vida.
En los relucientes asesinatos o en su resolución interviene un enjambre de organizaciones, tanto clandestinas como institucionales, que hacen nublar la vista por sus largas siglas e incomprensibles acrónimos. Desfilan por las páginas de la novela policíaca de hoy agentes del antiguo KGB, impidiendo así que olvidemos lo malos que eran, de la CIA y el Mosad como salvadores de los buenos, e incluso organizaciones criminales de tomo y lomo de ámbito mundial, lo que no es cualquier cosa.
        Las fronteras del género en su versión local se han desplazado más de la cuenta. Los autores y sus receptores de hoy deben considerar que un asesinato en Socuéllamos -lugar tomado al vuelo- es poca cosa para estos tiempos que corren, con tantos ordenadores y redes sociales, que el ingenio de un viejo policía, con arrobas de experiencia sobre sus espaldas, es cosa caduca, con sospechoso olor a naftalina. Los pueblos y sus personajes ya no están de moda para los autores. A los lectores no se les ha preguntado. 
       La vieja novela de inspiración manchega que lleva el nombre del padre ha muerto. Cierro filas con Unamuno: «Que inventen (en mi caso, que escriban) ellos».


lunes, 18 de julio de 2011

Articulista - Los zapatos rotos - Tomás Perales Benito

 TOMÁS PERALES BENITO

Los zapatos rotos

        A Natalia Ginzburg le gustaba llevar los zapatos rotos. A mí también. En Las pequeñas virtudes, uno de esos libros que la memoria señala con insistencia, la granada escritora de Palermo rememora una infancia feliz, aunque con una espina: su oposición a desprenderse de sus zapatos apagados y cubrir sus pequeños y tiernos pies con otros relucientes. Lo hace muchos años después, entremezclando recuerdos infantiles con los de una juventud atenazada por el fascismo de su país. Yo despierto de mi letargo con los suyos y veo aquellos cimbreantes años de pantalón corto negándome infructuosamente, como ella, a abandonar mi calzado andrajoso. Pero, si nos  une el amor por las letras, el horizonte de la rebeldía nos diferencia.
Natalia era una niña con claros rasgos de humildad anidada en una familia acomodada que hacia ostentación de su privilegiada situación. Y la clasificación social al que la conducía su madre era lo único que quebrantaba su apacible quietud. La renovación de zapatos que le imponía con excesiva frecuencia podría -pensaba- crear una barrera infranqueable con las otras niñas, muchas desconocedoras de esa prenda de lujo en los años veinte en la fabril Turín, a la que se trasladó la familia desde su ínsula natal. La relación con su madre se había fracturado para siempre. Con los años, al desaire de los zapatos le siguió otra contestación, ahora de fuerte calado: su unión con un intelectual pobre y de izquierdas, como debe ser, del que tomó para siempre el apellido, ya que el suyo paterno era Levi. Los mandamases de turno de época tan desgarradora y cruel la dejaron viuda a la primera oportunidad, y ella, que ya acariciaba con sus delicados dedos de señorita rebelde el lomo de la pluma, la agarró con fuerza para no soltarla con vida, dando la razón a los que piensan que escribimos para intentar desprendernos de los sinsabores. Y Natalia tenía muchos, desde sus experiencias familiares al suicidio tantas veces temido de su gran amigo Cesare Pavesa, el poeta de Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, en una fría habitación de hotel de Turín.
        Mis zapatos nuevos llegaban con criterios y tiempos bien diferentes de la escritora italiana: invariablemente con el homenaje a la feria, cuando se recoge la recompensa de todo un año acariciando la tierra, cuando se lucen los cuatro abalorios heredados o ganados, cuando se es dueño de unos días de ocio. Entonces los padres engalanan a sus retoños por un momento para espantar el infortunio en el que viven. "Mañana, al zapatero" oía año sí, año no en las proximidades de los festejos. Y comenzaba la oposición frontal: "Pero si los que tengo están aún en buen estado, y me caben". "¡Al zapatero he dicho!", concluía la resistencia, que no alcanzaba nunca el grado de numantina por la siega a ras de los pies que producía la férrea autoridad de la época. Recuerdo bien al zapatero de turno braceando hasta la extenuación para satisfacer a mi madre y colarme a mí un par. Salía derrotado; los daños a mis pies que les atribuía falsamente a los nuevos eran desmontados con habilidad y la experiencia acumulada con otros como yo en rebeldía ante el deseo ajeno de agregar brillo a los pies.
        Recuerdo bien los días "de vestir". Salía a la calle embravecido tras sorteas con desigual fortuna la barrera final, la más dolorosa en términos de humillación. A la colocación del calzado nuevo, el traje entallado para la ocasión y la camisa almidonada le seguía en procesión el ritual de "pasar revista", palabras sin duda tomadas de los militares, y con idéntica acción, como muchos años después pudimos comprobar los varones: comprobar con ojos de lince si te encontraban en condiciones decorosas de franquear la puerta. La "inspectora" giraba sobre ti en un par de ocasiones para descubrir defectos. Las prendas de vestir ocultaban las profundas grietas que tenía nuestra higiene corporal, como delataban sin misericordia las partes que estaban al descubierto, como las extremidades, y se imponía la penitencia de corregirlo y volver a someterte al reconocimiento.
         No eran muchas, afortunadamente, las ocasiones de vestir de etiqueta. El mundo social se suscribía a algún día cumbre de la feria, bodas y entierros. Sólo un acontecimiento se libraba de mis mudas palabras de disgusto: los arreglos de boda. Su singularidad, el ingenio desbordante de sus protagonistas, la poesía siempre presente, se acomodaron a conciencia en mi mente. En pocas ocasiones he sentido tanto un abandono.
        Al cocer el tiempo lo que estaba aún crudo entendí el desvelo de mis padres por ofrecer a sus retoños el fruto cosechado con sus manos. Pero siguieron desagradándome los zapatos nuevos; aquella oposición se había grabado a fuego.
        ¿Hay un motivo que justifique la oposición a los zapatos nuevos? Siempre lo hay, aunque se esconda para no dar la cara. El mío era, y es, la servidumbre que imponen a lustrarlos con cotidianeidad. Y, en esta corta frase, aparecen dos palabras que me inclino a mandar al destierro: servidumbre y cotidiano. La condición de siervo la presencié con hartura en mi mundo rural manchego. Los desfavorecidos llamaban "amo" y reverenciaban con devotas inclinaciones de su cuerpo cansado al empleador, que las recibían como natural por su posición social. El orgullo, que no me ha abandonado, se retorcía de dolor al ver la bota del poderoso sobre el cuello de los que consideraba más míos por razones mezcla de cuna y selección. Lo cotidiano, ¡ay!, me abandona siempre. Las tareas repetitivas, fáciles para los de mente ordenada, me consumen. Por esto no me gustan los zapatos nuevos, que a los viejos no los mira nadie y puedes llevarlos como te plazca, pero con nuevos los cordones deben ir tersos y los lazos simétricos, y ante la mínima mota de polvo sobre ellos te acusan sin contemplaciones de guarro.
        No. Decididamente, no me gustan los zapatos nuevos. Los viejos y rotos ofrecen más libertad. Y despiertan a tu alrededor la solidaridad. Natalia lo descubrió antes que yo.

martes, 3 de mayo de 2011

CHARLAS EN LA SOBREMESA, Tomás Perales Benito



El relato inacabado

TOMÁS
PERALES BENITO
ESCRITOR, NATURAL DE TOMELLOSO
desde aquel momento ya no podía ser el mismo que había descendido eufórico y expectante de la aeronave que nos trasladó de un salto a la capital moscovita. El ensimismamiento que se había apoderado de mí, impidiéndome incluso disculparme por mi estado meditabundo, amenazaba seriamente con hundir en el fango las vacaciones organizadas con tanto deseo. Me reprochaba amargamente ser el hilo inductor de su fracaso, pero aquel relato inacabado se instaló en mi cabeza y no permitía otros pensamientos. ¿Me impedía? -me pregunté tímidamente-, ¿hacía intentos de desalojo del invasor? No fue necesario esperar a que surgiera la respuesta; la conocía demasiado bien. Encontrar un relato, tan bello como intrigante, huérfano de final, era un reto demasiado grande para cualquiera dedicado a escribir. Y los desafíos mandan.
Siguiendo el ritual del buen turista, convinimos destinar la primera mañana a visitar la Plaza Roja, añadiéndose el museo Puskin por encontrarse a un paso. En ningún momento hubiera incluido esos destinos en mi itinerario, pero me doblegué a la voluntad de la mayoría. El monumental Kremlin y el mausoleo del ideólogo del comunismo me eran indiferentes, excepto por la cruenta huella surcada en el cuerpo y el alma de los que lo padecieron; tampoco el vecino museo, que se anunciaba en nuestra quía como «Museo estatal de arte figurativo», que yo asocié al momento con el arte local, tan alejado de mis preferencias. Ése fue mi error, y el motivo de la pesadilla, que trasladé a mis acompañantes.
Fui el primero en traspasar la puerta del museo, previsiblemente con el deseo de abandonarlo cuanto antes. Recorrimos un intrincado laberinto de salas con desigual interés; con regocijo, el de mis compañeros de ruta, y con calladas suplicas por alcanzar la calle, el mío. Pero, en uno de sus rincones más ocultos, mis ojos se posaron caprichosamente en dos papiros encerrados ente láminas de fino vidrio. Me acerque, aunque expectante, con temor a encontrarme ante una burda imitación del arte de los constructores de pirámides. No; aquellos soportes, con inconfundibles caracteres hieráticos, eran verdaderos. Se podía leer, en diferentes idiomas, que habían sido escritos durante la dinastía XXI (s. XI) de los faraones, que se encontraron en 1891, y que habían sido adquirido en un bazar cairota, al que fueron a parar, por un erudito ruso.
«Sólo se han recuperado ciento veinte líneas, habiéndose perdido el final», advierte a los visitantes el Museo. Contemplé, asombrado, la fina caligrafía de sus caracteres y me dispuse a leer su traducción. Se llama «El viaje de Unamón» y se refiere al encargo que recibió un alto funcionario del templo de Amón, en Tebas, de Amón-Re, el soberano, de que se desplace a Biblos para comprar la madera de cedro que necesita para una nueva barca real. Desoyendo las peticiones de mi pequeño grupo de ociosos, que se convirtieron, ante mi actitud, en claras insinuaciones de desentenderse de mí, me dispuse a leer con tanta devoción como avidez mientas me preguntaba inquieto ¿dónde se encuentran, de existir aún, Biblos y Tanis? Ya lo averiguaría.
Para su viaje a la ciudad de la codiciada madera, Unamón debe pedir permiso de transito a Smede, el rey de Tanis. Amón-Ra le ha extendido un documento en el que detalla las intenciones de su siervo. No solo lo obtiene sino que, sumiso a la voluntad de su poderoso vecino, le facilita un barco y una tripulación, que pone rumbo a su destino por el mar de Siria. Pocos días después llegan al puerto de Dyar, próximo a Biblos, y su príncipe, Beder, ante la visita de tan importante dignatario, le envía cincuenta panes para la tripulación y una jarra de vino y una pierna de buey para él. Lo invita al descanso antes de alcanzar la ciudad suministradora de cedro, a dos jornadas de allí. Pero, durante la primera noche, le roban el oro necesario. Unamón pide explicaciones al gobernante, haciéndole responsable de la seguridad de sus huéspedes y le exige su restitución en nombre de su monarca, que podría tomar represalias. Sin embargo, la respuesta que recibe dicta mucho de ser la esperada: «Hablas en serio o inventas -le dice-. Mira, yo no sé nada, el ladrón de tu dinero es de tu tripulación, búscalo tú». Desde esa situación, el relato continúa con una serie de ingeniosos y bellos diálogos, que son el alma del viejo documento. Las conversaciones duran meses, hasta que, vencido, Unamón envía a un emisario a Tenis y regresa dos meses después con más oro para la ansiada madera, que, finalmente, cortan trescientos hombres en las inmediaciones de Biblos, es embarcada y se pone rumbo a Egipto. Había pasado un año.
Pero no acaban ahí sus peripecias. Un vendaval desvía la nave a Chipre, y en su puerto sufren un asalto de los piratas. Advertida Hatbi, la reina chipriota, de que se trata de un funcionario egipcio de alto rango, lo toma bajo su protección. Pero el relato se acaba; las ciento veinte líneas anunciadas se han consumido. Es el momento en que tomo conciencia de dónde estoy y de mi situación: me encuentro solo. Siento angustia por mi desconsiderado proceder, pero ese sentimiento desaparece al avistar un asiento vacío, al que me dirijo a buen paso, extrayendo cuaderno y bolígrafo de mi bolsa de turista, para idearle a Unamón un final feliz y, ante todo, meritorio.